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¿Quién embaucó a quien?

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Por: Jorge G. Castañeda/El Pais

No cesan las paradojas en el nuevo mundo valiente de la crisis. Todos, absolutamente todos, se felicitaron por el tenor de la Cumbre de las Américas, celebrada en Trinidad hace dos semanas, por la nueva política hacia América Latina de Barack Obama y por la nueva dignidad latinoamericana.

Todos, salvo dos: la derecha estadounidense y Fidel Castro, extraños compañeros de trinchera. Para entender este sorprendente giro geopolítico es preciso explicar lo que sucedió durante el periplo del nuevo presidente norteamericano, o por lo menos sugerir un par de hipótesis. Ya después veremos por qué Fidel y conservadores como Newt Gingrich comparten el mismo descontento.

Una de dos: o bien Obama pecó de una increíble ingenuidad en su trato con los líderes latinoamericanos reunidos en el Caribe (y antes de ello, con el presidente Felipe Calderón en la capital mexicana), o bien les tomó perfectamente la medida.

La primera posibilidad es la más obvia, y menos verosímil. Debido a su bisoñez, Obama se habría comprometido con la guerra optativa de Calderón contra el narco, con la probidad, eficacia y perseverancia de sus colaboradores, con la comentocracia mexicana que se deshizo en elogios al nuevo ocupante de la Casa Blanca. No habría entendido que así como Calderón emprendió su cruzada por motivos estrictamente políticos, la puede suspender por los mismos; que al igual que con sus predecesores, los “valientes y honestos” luchadores contra la droga de hoy pueden resultar ser los cómplices de mañana, y que el anti-americanismo proverbial de las élites mexicanas (intelectuales incluidos) volverá por sus fueros a la menor provocación.

En cuanto al llamado eje del bien (Chávez, Morales, Ortega, Correa y Lugo), habría sucedido lo mismo. Le dieron a Obama por su lado, después, por supuesto, de haberle leído la cartilla sobre todos los pecados habidos y por haber cometidos por Estados Unidos en América Latina. Chávez no se comprometió a dejar de apoyar -según fuentes oficiales colombianas, más que nunca- a las FARC en Colombia y al FMLN en El Salvador (mas no a Mauricio Funes), ni a restaurar los programas de cooperación con Washington en la lucha antinarco, ni a dejar de nacionalizar a empresas nacionales y extranjeras sin compensación (el caso de la mexicana Cemex, entre otras), ni a cesar de cerrar medios de comunicación, ni a perseguir a opositores, ni a pervertir al poder judicial. Morales no se comprometió a suspender su apoyo al cultivo de hoja de coca, ni a volver a acoger en Bolivia a un embajador de Estados Unidos y al equipo antidrogas de la DEA; Correa, de Ecuador, no aceptó mantener la base de la DEA en Manta. Y Ortega ni sueña con detener su persecución de opositores, su involucramiento con los salvadoreños y sus diatribas antiamericanas.

Y sobre todo, ninguno de los mencionados, ni los más sensatos como Lula, Calderón, Bachelet, etcétera, jamás le pedirán a La Habana que ponga su parte en la danza de concesiones mutuas con Washington: ni que abrogue el impuesto sobre remesas, ni que libere a los presos políticos, ni que suprima la tarjeta blanca y la prohibición de viajar, ni mucho menos que negocie la devolución o compensación de las propiedades americanas expropiadas en 1959-1962. Nunca aceptarán que, de la misma manera que presionan, con razón, a Obama para que levante unilateralmente el embargo a Cuba, deben hacerlo con Castro para que por fin se establezca un régimen democrático en la isla. En esta hipótesis, los latinoamericanos le habrían visto la cara a Obama, y éste, con toda inocencia, se habría dejado embaucar.

Huelga decir que la hipótesis alternativa se antoja mucho más creíble. Consiste en pensar que fue Obama quien les tomó el pelo a los latinoamericanos, al comprender que por muy izquierdosos que sean unos, y muy modernos que parezcan otros, esta camada de líderes de la región conserva el perfil ortodoxo, incluso clásico, del político tercermundista. Con algunas palmaditas en la espalda, algunas palabras consabidas y fatigadas, y un lenguaje corporal apropiado, se dan por muy bien servidos.

Como dijo Teodoro Petkoff, el ex guerrillero venezolano, “Chávez terminó calificando la reunión como ‘casi perfecta’. Y todo porque Obama le dio la mano y cruzó unas palabras con él. Está visto que Chacumbele no aguanta una picada de ojos de un presidente gringo”. Desde tiempos inmemoriales, los iberoamericanos le profesan una verdadera reverencia a “lo dicho” y a las formas, al contrario de los norteamericanos, para quienes “prometer no empobrece”. Para los nuestros, la sustancia es secundaria; los ritos, todo. Obama los observó con creces. Dijo cuantas veces fue necesario que venía a escuchar y a aprender; que no había socios menores ni mayores en la zona, sino iguales, y que él buscaba ante todo brindarle respeto a sus colegas, aun cuando no coincidiera con ellos.

Claro: no se comprometió con Lula a levantar el embargo a Cuba, o el arancel sobre el etanol, o a apoyar su pretensión de ocupar un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU; no se comprometió con Álvaro Uribe a buscar la aprobación del Acuerdo de Libre Comercio con Colombia; no se comprometió con Calderón a restaurar la prohibición de la venta de fusiles de asalto o a incrementar la Iniciativa Mérida; ni con los centroamericanos y caribeños a proponer una reforma migratoria integral. Es decir, se limitó a sonreír para la foto con Chávez, a escuchar impávido y estoico la arenga de Ortega, a recibir libros del siglo antepasado, y a solidarizarse con Evo en la denuncia de atentados indemostrables. Nada más.

Gracias a todo ello, fue fuertemente aplaudido por los latinoamericanos y severamente criticado por su derecha interna… y por el único líder latinoamericano que ha superado, a un costo inaudito para su país, los tradicionales complejos de los políticos del área: Fidel Castro.

La oposición conservadora de Estados Unidos le ha reclamado a Obama dejar pasar insultos y ofensas contra sus predecesores (desde Bush hasta Kennedy, y a diferencia de Zapatero y Juan Carlos I), ser demasiado cordial con Chávez sin plantear un solo tema de la agenda propia, y permitir que lo sermonearan ad náuseam sin jamás responder. Fidel Castro, por su parte, le enmendó vigorosamente la plana a Obama… y al boquisuelto de su hermano, que cometió varios pecados discursivos imperdonables. Éste es el meollo del asunto.

En su reflexión del 22 de abril, el Castro mayor subrayó que “el presidente interpretó mal la declaración de Raúl” al pensar que cuando dijo en Venezuela, el 15 de abril, que “todo está sobre la mesa”, incluyendo derechos humanos, presos políticos, migración, narcotráfico, etcétera, hablaba en serio.

Obviamente, no: la mera mención por Raúl de “presos políticos”, por exaltado que se encontrara (basta ver las imágenes de los ocho minutos de su discurso en YouTube para entenderme), constituye una herejía para Fidel. Jamás ha aceptado la existencia de presos políticos en Cuba, ni piensa hacerlo. Tampoco, por supuesto, aceptó eliminar el impuesto sobre las remesas, ni, según portavoces oficiosos, la llamada “tarjeta blanca” para salir de Cuba. En otras palabras, le recetó a Obama lo que los franceses llaman “une fin de non-recevoir”: nada de nada.

Para los latinoamericanos, bastaron carisma, cordialidad y cariño; para Fidel, sólo bastará que Obama se rinda, se disculpe, y pague la penitencia por los pecados de sus predecesores. El mandatario estadounidense sedujo a sus colegas presentes en Puerto España, salvo al que no es su colega, y que estaba ausente.

El acuerdo correcto con Cuba

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Por Jorge G. Castañeda
The Wall Street Journal Americas
Abril 21, 2009

Pese a la retórica y las fotos, la Cumbre de las Américas en Trinidad pospuso cualquier discusión real de la política estadounidense hacia Cuba. En Estados Unidos, el embargo extremista ha sido el premio de consuelo para la derecha y el electorado de la Florida. Pero en países como México, Chile y Brasil, la política latinoamericana de nunca enjuiciar a la Habana por su atroz historial de derechos humanos es el premio de consuelo para la izquierda.

La pregunta de qué hacer sobre el embargo una vez más ha arrinconado a un presidente estadounidense. Si el presidente estadounidense Barack Obama levanta el embargo unilateralmente, enviará el mensaje a los Castro y el resto de Latinoamérica que los derechos humanos y la democracia no son su punto fuerte. Además, no cuenta con los votos suficientes en el Senado para hacerlo, a menos que obtenga un quid pro quo explicito por parte de Cuba, lo cual Raúl Castro no puede darle, especialmente con su hermano de nuevo al mando.

Por otra parte, si Obama limita los cambios al flujo libre de remesas y visitas familiares a la isla, que anunció recientemente, los demócratas en la Cámara de Representantes, los líderes latinoamericanos y los Castro seguirán insatisfechos. Si insiste en el cambio político como un prerrequisito para levantar el embargo, Obama estaría siguiendo la política que sus 10 predecesores siguieron infructuosamente.

Podría haber una forma de resolver este rompecabezas. Comienza con el fin unilateral al embargo. No se espera nada de Cuba, pero a cambio del fin del embargo, se le pediría a actores claves de Latinoamérica que se comprometieran a buscar un proceso de normalización entre Washington y la Habana y forzar a Cuba a establecer democracia representativa y respeto por los derechos humanos.

A medida que los demócratas que experimentaron el yugo autoritario y buscaron el apoyo internacional en su lucha contra este, líderes como el presidente brasileño Lula da Silva, la presidenta chilena Michelle Bachelet, y el mandatario mexicano Felipe Calderón han sido increíblemente cínicos e irresponsables ante el tema cubano. Calderón y Bachelet han abandonado su compromiso con la democracia y los derechos humanos para complacer a la izquierda. Da Silva, pese a haber sido encarcelado por la dictadura militar a principios de los 80, ha seguido la tradicional política brasileña de evitar la controversia. Al presionar a los líderes de la región hacia una posición de principios, Obama daría vuelta a la situación.

Esta política le daría a los cubanos lo que dicen que quieren: un fin incondicional al embargo, el inicio de un proceso de negociación y quizás incluso el acceso a los fondos de las instituciones financieras internacionales. Los líderes latinoamericanos obtendrían una gran concesión por parte del nuevo gobierno en un tema altamente simbólico y los defensores de los derechos humanos en Latinoamérica y otros países verían sus demandas de elecciones libres, libertad de prensa, libertad de asociación y la liberación de prisioneros políticos como una demanda de los amigos de Cuba, no como una imposición de Washington.

Obama quedaría muy bien, ya que la política estadounidense cambiaría a cambio de la dedicación de los líderes latinoamericanos a principios como la democracia y los derechos humanos que ellos defienden. Un compromiso claro de los mandatarios por una normalización que no siga el curso de Vietnam (reforma económica sin cambio político) sería una gran victoria de política exterior para Obama.

¿Brasilia, Santiago y Ciudad de México accederían a este acuerdo? Quizás no, pero no se pierde nada con tratar. Todo lo que Obama estaría pidiendo es una consistencia moral por parte de los líderes latinoamericanos, defender los valores que están escritos en sus propias constituciones y tratados.

¿Los cubanos aceptarían este plan? Mientras Fidel viva, es poco probable. Si no, Obama habrá cedido, sin mayor éxito, lo que muchos consideran equivocadamente que es la única ventaja de Estados Unidos y los mandatarios de la región podrían lavarse .

La ambigüedad de la victoria en El Salvador

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Por: Jorge G. Castañeda
Fuente: El País.
 
La noche del domingo 15 de marzo fue, sin duda, la más feliz de la vida de Ramiro Abreu. Sesentón, regordete, de baja estatura, y provisto del par de ojos más azules e intensos que se hayan visto en los anales de la revolución latinoamericana, el encargado de El Salvador para los servicios de inteligencia cubanos esperó durante más de un cuarto de siglo los resultados de esa velada. Desde principios de los años ochenta, Abreu, junto con el legendario Ibrahim, “llevó” los asuntos salvadoreños para el famoso -y para muchos infame- Departamento de América del Partido Comunista Cubano. Ambos impusieron, a sangre y fuego, la unidad de las cinco organizaciones guerrilleras y las dos agrupaciones políticas de entonces para crear el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Lo armaron y entrenaron; lo condujeron a la negociación cuando nadie la esperaba; se resistieron, en vano, a la negociación cuando fue posible; y se dedicaron a los negocios de aviación y turismo y la próspera supervivencia cuando no se daba ya un quinto por ellos.

Anteayer, sus ahijados políticos por fin lograron lo que nadie, nunca, en América Latina: llevar al poder, por todo lo alto y por las urnas, a una antigua organización político-militar revolucionaria. El FMLN, después de varios intentos fallidos, por fin ganó las elecciones presidenciales en El Salvador, y cualquiera que sea el desenlace de este proceso, su victoria no tiene parangón en la historia de la izquierda de la región. Los sandinistas nicaragüenses triunfaron en comicios rechazados por todos en 1984; perdieron en 1990, y cuando vencieron por fin en el 2006, no eran ni la sombra de aquella guerrilla victoriosa de 1979. Nadie más ni siquiera se ha acercado a un umbral análogo, y a pesar de todas las suspicacias que el FMLN despierta hoy, menospreciar el carácter histórico de su triunfo se antoja mezquino y reaccionario. Al término de tantas muertes y tantos años de lucha, la hazaña del FMLN debe ser aquilatada como lo que es: una primicia histórica en el devenir de la izquierda latinoamericana.
Pero como nadie sabe para quién trabaja, Ramiro Abreu enfrenta hoy un dilema. Sus ex jefes, Fernando Remírez, del Departamento de América, y Felipe Pérez Roque, en la Cancillería cubana, viven -por el momento- en la ignominia de la purga; mañana pueden volver al poder, o hundirse en el descrédito y/o la desaparición física. Todos concuerdan en los efectos de su desgracia -el fortalecimiento del grupo afín a Raúl Castro-, pero casi nadie se atreve a especular sobre el origen de la última defenestración habanera. Y, por tanto, la victoria farabundista en El Salvador encierra su propia ambigüedad: ¿es la de una izquierda moderna latinoamericana, o la de Abreu, Hugo Chávez -que la financió- y Salvador Sánchez Cerén (nombre de guerra: Leonel, y el flamante vicepresidente del país) que la orquestó? ¿Es la de Pérez Roque, o la de Raúl Castro?

En cuanto a Cuba se refiere, aunque nadie pueda conocer a ciencia cierta el motivo de la eliminación política del viceprimer ministro y zar económico Carlos Lage, de Pérez Roque y de José Luis Rodríguez (el ministro de Finanzas), el mismo Fidel Castro, en el críptico lenguaje beisbolístico de su colaboración editorial de hace un par de semanas, nos proporciona una pista. De acuerdo con una posible interpretación, sin duda especulativa, de su misiva hebdomadaria en el diario Granma, Lage y Pérez Roque fueron descubiertos participando en una conspiración contra Raúl Castro, apoyados por Hugo Chávez, y tendente a echar abajo el intento del hermano menor de Fidel por abrir la economía, la política y las relaciones internacionales de la isla.

Raúl, más sensible o menos talibán que sus ex colegas, habría concluido que las privaciones propias del pueblo cubano se acercaban a un límite, y que ni Venezuela ni China ni Brasil podían reducir. Sólo un rapprochement con Washington era susceptible de mejorar el nivel y la calidad de vida de los cubanos en el corto plazo, y si para ello resultaba preciso realizar una serie de concesiones económicas, políticas e internacionales, ni modo, como se dice en México.

Esta disposición de Raúl Castro, imposible de comprobar hoy, junto con la tesis explicativa en su conjunto, habría provocado el temor de los duros (Chávez, Pérez Roque y Lage, este último no por vocación sino por ubicación), conduciéndolos al complot anti-raulista. Sólo que, como siempre desde 1959, los hermanos Castro detectaron la traición casi antes incluso de que se le ocurriera a los traidores, y actuaron en consecuencia. Lage y Pérez Roque fueron destituidos y obligados a una autoincriminación estalinista clásica; Chávez fue convocado a La Habana para leerle la cartilla: o desistía de sus intrigas y mantenía el apoyo petrolero a Cuba, o los cubanos le retiraban su apoyo de inteligencia y seguridad y lo dejaban en manos del aparato venezolano -el mismo que intentó derrocarlo en abril del 2002-. Huelga decir que el caudillo de Caracas accedió a la “sugerencia” isleña. Todo ello evoca, sin mayores matices, los acontecimientos vinculados a la muerte de Stalin en 1953, y de Mao, en 1976.

Sólo que todo esto, el aparato del FMLN en El Salvador o lo ignora o le resulta indiferente. Hoy, a pesar de la aparente modernidad y moderación de Mauricio Funes -el nuevo presidente-, el poder se halla en manos de Sánchez Cerén y de las fuerzas militantes, castristas y chavistas, del FMLN. Los dirigentes históricos, brillantes y modernos, del viejo FMLN -Facundo Guardado, Joaquín Villalobos, Salvador Samayoa, Ana Guadalupe Martínez, Germán Cienfuegos- lo han abandonado, o han sido abandonados por los duros. Para todos los fines prácticos, la victoria de Funes coloca a su país en la columna de las naciones de extrema izquierda: junto con Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y, por supuesto, Venezuela. La radicalización centroamericana -que incluye las posturas errático demagógicas de Manuel Zelaya en Honduras- se acerca peligrosamente a la frontera mexicana, como si mi país no enfrentara suficientes problemas propios. La cabeza de playa conquistada por Chávez y Ramiro Abreu en El Salvador no puede más que preocupar a México, a Washington y a muchos más.

¿Qué viene entonces? Un futuro sombrío para los conspiradores cubanos -Raúl Castro no puede darse el lujo de permitir su retorno después de la muerte de su hermano- y una radicalización centroamericana frente a la crisis económica y a pesar de las invitaciones de Obama. ¿Quién puede jugar un papel moderador? Sólo dos países poseen la fuerza y las dimensiones para hacerlo: México y Brasil. Pero ésta no es la esfera de influencia brasileña, y México no quiere. En el vacío, prosperará la aventura.

Revista Patria 0109

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Carta Editorial:

ppatria-smallLa “Asociación Cívica Cubano-Mexicana, A.C.” llega a su año decimotercero. Su fundación, un 28 de enero en justo homenaje al natalicio de José Martí, fue motivada por la necesidad de imprimir un carácter formal, jurídico y cívico a aquello que en la práctica casi todo cubano en México realizaba: ayudar al paisano, brindarle apoyo moral, material, migratorio y laboral, ya que este País aunque generoso en su gente, en sus autoridades generalmente dista mucho de cualquier tratamiento justo, y tiende más a la negativa y trabas burocráticas, la expulsión, la represión y la extorsión que al humanismo. Aquí no existe el asilo político ni ley alguna de ajuste que socorra o beneficie al cubano, si no nos apoyamos entre nosotros mismos, nadie lo hará. Esta inclinación de las autoridades federales, que oscila entre la extrema dureza de unos y la corrupción de otros, lejos de disminuir se ha incrementado sobremanera ahora con el primer acuerdo migratorio entre Cuba y México.

Otra faceta abordada en nuestra acta constitutiva fue la de exponer o incentivar el conocimiento y la difusión de nuestras raíces, tan mezcladas con la cultura mexicana. Pero hubo que luchar por reconquistar espacios, (incluso llegar a los golpes con grupos de choque inducidos en nuestra contra ), pues durante muchos años la cultura cubana en México fue monopolio de la Embajada.  Ahora nuestra historia, gastronomía, música, literatura, plástica, formas de pensamiento, diversidad religiosa, se difunden también tanto por nuestra Asociación como por esfuerzos individuales de artistas e intelectuales, en un balance apropiado ante la línea gubernamental para la concepción cultural cubana. Si no hemos logrado más terreno es por la porfiada presión que la dictadura cubana sigue haciendo sobre funcionarios gubernamentales, ( algunos de ultraizquierda), para impedir que el pueblo azteca conozca por estos medios detalles sobre disímiles mecanismos, abiertos unos, sutiles otros, de  la represión totalitaria, sus alcances y el peligro latente que no sólo para Cuba un sistema así representa.

Hemos hecho un gran esfuerzo por publicar los hechos más relevantes del acontecer en la nación cubana, tanto para los que viven dentro de la Isla como para los que marcharon al exilio por causas diversas. La Revista Patria, rememorando al Apóstol de nuestra Independencia, que salió a la luz en 1999, se proyectó luego como publicación electrónica; y la página Cubalsero, con apenas algo más de cuatro años, se ha colocado como un elemento de información y diversidad de pensamiento en el espacio cibernético.

También se ha logrado que los miembros de esta Asociación nos colocáramos en el ámbito noticioso mexicano, ya como obligado referente de los acontecimientos y temas cubanos. Es difícil que pase un mes sin aparecer nuestras opiniones políticas, históricas, económicas o sociales en entrevistas de algún órgano de prensa escrita, radial o televisiva. Es más, a veces una declaración del embajador cubano en turno la publican con nuestra inmediata interpretación de los mismos hechos,  siempre  contestataria, persiguiendo manifestarnos no como viscerales contrincantes, sino como razonables defensores de nuestras libertades cercenadas.

Pendiente sigue el centro de información, un sueño de hace más de diez años, consistente en biblioteca, hemeroteca, archivo histórico, exposiciones itinerantes, y cuanto sea loable difundir acerca de nuestra nacionalidad. Un lugar donde estudiantes, profesores, investigadores, periodistas y cualquier interesado puedan acercarse a los temas cubanos en general, sin discriminación noticiosa ni de índole alguna, demostrando las diferencias entre la democracia con las limitaciones dictatoriales de la Isla. Este Centro de Información asumiría también la organización de tareas que históricamente desempeña la Asociación Cívica, tales como  las conferencias sobre disímiles temas asociados con nuestra realidad, los actos anuales de aniversario y conmemoración del natalicio y la muerte de José Martí, la Primavera Negra de Cuba, el “10 de Octubre”, etc..

Actualmente, estamos concentrados en imprimir nuevos aires en nuestros medios de comunicación. Renovar es crecer, crecer es subsistir. A Cubalsero y la Revista Patria se añade a iniciativa de nuestro webmaster, el Ing. en Sistemas Aníbal Pendás, la Campaña 3 x 1, mediante la que ayudaremos a todos los solicitantes a tener su espacio cibernético, a fin de crear tres páginas electrónicas de la diáspora y la disidencia interna por cada una de la dictadura.

En otros temas, hemos tratado de diversificar las opiniones que publicamos, e importantes figuras políticas e intelectuales, no necesariamente cubanos, han sido invitados a participar en nuestros medios. Damos las gracias al excanciller de México, Jorge G. Castañeda por ser el primero en esta nueva etapa, en autorizar expresamente a cubalsero la publicación de sus escritos.
Seguimos luchando por los derechos de los migrantes cubanos. Siempre nos hemos opuesto enérgicamente a las salidas por vía marítima, pues el riesgo es demasiado alto, (más de 78 mil balseros muertos o desaparecidos). Pero cuando el cubano, poniendo en peligro vida, abandonando familia, amigos,  bienes espirituales y materiales de todo tipo, y dejando un trágico capítulo abierto ante las autoridades de su país, llega a estas tierras, siempre contará con nuestra decidida intervención. La defensoría de Oficio y la Casa del Balsero y el Migrante Cubano capítulo México, adjuntas ambas a la Asociación Cívica Cubano-Mexicana, desarrolla procesos jurídicos, muchos verdaderamente complejos, en defensa de las garantías individuales y los derechos humanos de los cubanos que transitan o residen en México.
Muchos de nuestros miembros nos han pedido pasar a la clandestinidad, incluso colaboran en estas páginas bajo seudónimos, pues por una parte la embajada cubana con sólo conocer su proximidad a nosotros les niega cualquier visita a la Isla, como migración acá también toma represalias y obstaculiza intentos de internar a México a sus familiares cubanos. El miedo ante la represión sigue, aún en el exilio, siendo nuestro inseparable compañero.

Hemos lanzado nuestra ALERTA  para que los cubanos que pretendan arriban a esta nación conozcan los peligros latentes a los que se enfrentarán, que van desde el riesgo a caer en manos inescrupulosas de traficantes de personas hasta la extorsión de algunos oficiales y funcionarios migratorios y de otras dependencias. Lo mejor es informarse oportunamente, y eso pretendemos, elaborando un sistema de alarma para detectar casos dentro de Estaciones Migratorias, y procurar realizar la más amplia labor preventiva con aquellos que aún están libres o simplemente no han llegado a México. Nuestra defensoría de Oficio realiza esta labor y asesoramiento de manera totalmente gratuitas.

Una vez más, a nuestros seguidores les damos las gracias de todo corazón por su atención, apoyo y preferencia.

  • Lic. Eduardo Matías López Ferrer, presidente Asociación Cívica Cubano-Mexicana, A.C.
  • Ing. Aníbal Pendás Amador, webmaster Cubalsero y Director revista “Patria”.
  • Alma Lilia Fierro Villagrán, Directora Casa del Balsero y el Migrante Cubano capítulo México.
  • Basin Guermantes: El Editor.
  • El colectivo Cubalsero.

Semblanza de Jorge G. Castañeda

Jorge G. Castañeda Ex-Canciller de México Sin Comentarios »

Fuente: http://jorgecastaneda.org

Jorge G. Castañeda nació en México, Distrito Federal en 1953. Fue Secretario de Relaciones Exteriores de México y buscó ser candidato independiente a la Presidencia de la República. Ha sido profesor durante más de 25 años en la Universidad Nacional Autónoma de México, y actualmente es catedrático en la Universidad de Nueva York. Es articulista de los diarios Reforma (México), El País (España), y de la revista Newsweek; es miembro de la Junta de Gobierno de Human Rights Watch, American Academy of Arts and Science y de la American Philosophical Society. Recientemente seconvirtió en miembro de la New America Foundation.

Ha escrito más de una docena de libros, muchos de ellos publicados en toda América Latina, Estados Unidos y Europa, y traducidos a varios idiomas. Entre ellos destacan Límites en la Amistad: México y Estados Unidos (1988), La utopía desarmada (1993), La Vida en Rojo: Una biografía del Che Guevara (1997), La herencia: Arqueología de la sucesión presidencial en México (1999), Somos Muchos: Ideas para el Porvenir (2004), y en 2007-2008, La diferencia: Radiografía de un sexenio, y Ex –Mex: From Migrants to Immigrants. Actualmente radica en la Ciudad de México y Nueva York.

Jorge G. Castañeda nos hace el honor de autorizar de manera personal sus artículos de opinión en el portal de la “Asociación Cívica Cubano-Mexicana, A.C.” A tal efecto hemos abierto una nueva categoría en www.cubalsero.org.mx con su nombre.

Le damos infinitas gracias a Jorge.

Latinoamérica, un desafío para Obama

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Por: Jorge G. Castañeda

EL PAÍS / TRIBUNA

08/12/2008

El nuevo presidente de Estados Unidos tendrá que afrontar los retos de una zona que no conoce y que ha dado quebraderos de cabeza a sus antecesores. Los casos más peliagudos son Nicaragua, Venezuela y Cuba.

Cuando Barack Obama tome posesión el 20 de enero, tendrá que afrontar un gran número de desafíos. Los conocemos: la crisis financiera internacional, su creciente contagio de la economía real, los posibles colapsos económicos en el horizonte de varios países, salir de Irak sin dejar un tiradero, entrar a Afganistán sin agravar el tiradero ya existente, evitar un enfrentamiento de Israel con Irán, o de Irán con Israel, y presionar desde un principio al Tzahal para que deje de apoyar la creación de nuevas comunidades en los territorios ocupados que hagan inviable para siempre la coexistencia de dos Estados. Por si fuera poco, es posible que deba afrontar también retos procedentes de una región que no conoce y que, sin embargo, le ha dado más de un dolor de cabeza a varios presidentes norteamericanos. Se trata, por supuesto, de América Latina, de donde varias señales no auguran nada bueno.

Primero, un país emblemático para Estados Unidos, por todas las malas razones: Nicaragua. Se le atribuye a Daniel Ortega haberle confiado hace poco a un interlocutor que no pensaba volver a perder una elección como en 1990, y que esta vez haría todo lo necesario, desde el poder, para no repetir el error. Parece haberlo logrado. Las acusaciones de la oposición al Frente Sandinista en torno al fraude electoral en las elecciones municipales del 9 de noviembre, aunada a la prohibición de observadores internacionales de la OEA o del Centro Carter, han generado una amplia impresión de maniobras y trampas para violentar el sentimiento de los votantes que hacen palidecer a las viejas mañas del PRI en México. Todo indica que la oposición ganó la alcaldía de Managua y muy posiblemente varias otras: León, Granada, Masaya y Chinandega. Después de la votación, lo que antes se llamaban las turbas sandinistas han vuelto a despertar para interrumpir a golpes las manifestaciones de los opositores e impedir la protesta contra el fraude.

El problema no se antojaría tan grave si no fuera por el silencio ensordecedor en la región latinoamericana, y en España también, que ha acompañado a este atropello. A pesar de que la Carta Democrática Interamericana fue elaborada justamente a raíz del fraude electoral perpetrado por Alberto Fujimori en el año 2000 en Perú, y que desde hace tiempo se acepta, afortunadamente, que la democracia en cada país de América Latina es asunto de todos los países de América Latina, ningún gobierno ha protestado. La razón: lo que le volvió a suceder a José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, cuando al expresar cierta preocupación por los acontecimientos, fue vilipendiado por los portavoces de Ortega y por sus camaradas que no podían faltar a la cita: los heraldos del chavismo. Pero la oposición puede, y muy probablemente así lo intente, lograr que se suspenda la ayuda de EE UU y de la UE a Nicaragua, y se interrumpan los créditos del Banco Mundial y del BID, entre otros, por violaciones a diversos instrumentos internacionales. Y eso obligará a definiciones, de todos, pero principalmente de Obama.

Lo mismo puede suceder con Venezuela. A pesar de un esfuerzo desmedido, de amenazas constantes, de una manipulación descarada de los medios y del presupuesto, y del esfuerzo por transformar elecciones municipales y de gobernadores en un referéndum sobre su propia permanencia en el poder, no se cumplieron los deseos de Hugo Chávez. La oposición ganó Caracas, el Estado petrolero de Zulia, el Estado industrial de Carabobo, el Estado políticamente crucial de Miranda, y Sucre, el municipio más pobre y poblado. Parece haber retenido el Estado de Barinas, donde su hermano Adán era el candidato oficialista pero la oposición ahí ha denunciado múltiples atropellos graves y evidentes.

Ahora bien, si la historia de los últimos diez años nos dice algo, es que cada vez que Chávez se encuentra en honduras (sin mayúscula, por supuesto), su propensión a la fuite en avant es ilimitada. Responde al revés con radicalidad: pega manotazos, nacionaliza empresas, ataca vecinos y adversarios, y profundiza el camino al “socialismo del siglo XXI”. Es muy posible que entre sus reacciones próximas figuren más nacionalizaciones de empresas extranjeras, más cierres o una mayor censura a los medios críticos (ya sucedió con Globovisión), la designación de vicealcaldes y vicegobernadores en todos los municipios y Estados del país, arrebatándole el poder a los funcionarios electos, cambiar la Constitución para volver a presentarse en 2013 (ya anunció que lo hará el 3 de febrero por la vía parlamentaria o refrendaria), y buscar o fortalecer, como lo ha hecho estos últimos días, alianzas extrañas con países extraños: Rusia, Irán, China.

Nada de todo esto resulta demasiado novedoso, pero en un contexto mundial distinto y con una Administración recién llegada al Gobierno, puede transformarse en un dilema. En un mundo ideal, Obama preferiría seguir con la política de Bush hacia Chávez, poner la otra mejilla, aunque pronto acabaría con ambas mejillas bastante enrojecidas. Pero los reveses de Chávez en los comicios, la caída del precio del petróleo, las crecientes dificultades de sus diversos aliados -Argentina, Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador-, al borde del default y de la desdolarización y sus nuevas aventuras en países como El Salvador pueden volver inviable dicha continuidad.

El tercer problema, por supuesto, es Cuba, detonante de pesadillas para tres presidentes norteamericanos demócratas, a saber: Kennedy, Carter y Clinton. Debido a los sufragios a su favor de parte de la comunidad cubano-americana de segunda generación, el ex senador de Illinois ganó el Estado de Florida, cosa que no había sucedido desde Clinton en 1996, y antes de eso sólo con Carter en 1976. Un sector importante del Partido Demócrata va a empezar a presionar al presidente para que emprenda una normalización con La Habana. Y muy posiblemente haga algo casi al inicio de su mandato: suspender las restricciones a los viajes y al envío de remesas de cubano-americanos a la isla. Pero también lo van a presionar otros y en otro sentido.

Los latinoamericanos, y España también, han adoptado cada vez más la visión castrista para la salida cubana del atolladero: la vía vietnamita. En términos concretos esto significa (con toda razón) que EE UU levante unilateralmente el embargo, que (sin razón alguna) se readmita a Cuba sin condiciones a distintos organismos de la comunidad hemisférica, y que realice las reformas económicas que considere necesarias a su ritmo, dejando a un lado cualquier reforma política remotamente imaginable.
Prueba de que ya empieza a darse esa tendencia es la reciente decisión del llamado Grupo de Río, en Zacatecas, México, de readmitir a Cuba en dicho grupo, a pesar de que desde su creación como ampliación del Grupo Contadora de los años 80 siempre consistió en una asociación de carácter político, y en los hechos siempre estableció como condición la vigencia (relativa) de la democracia representativa, y el respeto (relativo) a los derechos humanos. A tal grado que, en 1989, Panamá fue suspendido por las “violaciones a los derechos humanos” de Antonio Noriega y Perú fue suspendido en 1992 por el cierre del Congreso decretado por Fujimori.

El problema de Obama yace en que el embargo es desde 1994 un acto del Congreso, y no un decreto del Ejecutivo como lo había sido desde 1962. Necesita 60 votos en el Senado para levantarlo unilateralmente, y sortear las trampas y los desafíos que seguramente el Gobierno de Cuba le tenderá durante las primeras semanas o meses de su residencia en la Casa Blanca, al igual que lo ha hecho La Habana con los últimos nueve presidentes de EE UU y tendrá también que lidiar Obama con la postura de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, cuya cuñada, María Victoria Arias, nacida en La Habana en 1958 y abogada militante y activa en la comunidad cubano-americana de Miami, se autodescribe como pro-embargo. Ya Arias incidió en la política de su concuñado Bill Clinton hacia Cuba en 1992 y 1994; es de esperar que lo haga con su cuñada.

De nuevo, sin duda lo último que quisiera Obama es verse obligado a afrontar una crisis cubana, migratoria, internacional o interna, durante los primeros meses de su Gobierno, o juntar los votos en el Senado para levantar el embargo y darles gusto a los latinoamericanos. Welcome to Latin America, president Obama.

Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.


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