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Ricos y pobres

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Por: Osmar Laffita Rojas

LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) – Uno de los grandes conflictos en que está sumida la sociedad cubana es el  de los salarios, los precios de los artículos básicos y la circulación monetaria. En la actualidad, la media de salarios mensuales no sobrepasa los 450 pesos, unos 20 CUC. Con ese dinero, en estos momentos, por muchas maromas y ecuaciones que se hagan, es difícil que pueda alcanzar para cubrir los gastos de la canasta básica, que ya sobrepasa los mil 500 pesos mensuales.

Este fenómeno se complica peligrosamente. A partir de 2006, el crecimiento viaja en cámara lenta, presentándose el hecho de que los egresos superan la circulación mercantil. Esto se atribuye a tres causas: dinero que se deposita como ahorro; compra (por parte de los que disponen de fuertes sumas de dinero) de bienes y servicios en el mercado informal; la mayor parte de las ganancias que se originan en el mercado informal no se depositan en los bancos.

Estos tres factores no actúan en forma separada. En la práctica se retroalimentan. Por ello, resulta complicada cualquier valoración. La poca información de que se dispone, proveniente del gobierno, no es fiable, y de acuerdo a los pocos datos disponibles, las cuentas de ahorro al cierre de 2007 decrecieron un 4,7 por ciento. Esto fue originado por las extracciones, que crecieron un 6 por ciento.

La primera señal que nos llega es que un significativo número de privilegiados ahorristas están destinando su dinero al mercado de bienes y servicios al margen de los controles del Estado. El hecho no es tan simple. Existen zonas en que se han realizado operaciones de compraventa cercanas a los 698 millones de pesos, correspondiendo esa cifra al cambio actual a unos 29 millones de CUC que, como se comprenderá, los bancos no controlan.

De acuerdo a las extracciones realizadas de los ahorros existentes, están en poder de un reducido segmento de la población 3 mil 903 millones de pesos, que llevados al cambio actual representan 162 millones de CUC.
Si a la anterior cifra se le suman los 6 mil 200 millones de pesos depositados en las diferentes cuentas de ahorro, una reducida fracción de la población cubana, que podría catalogarse como los nuevos ricos, disponen de más de 10 mil millones 102 mil pesos. Esto significa un monto de 409 millones de CUC. Para ser más precisos, esa cifra representa el  21,3% del Producto Interno Bruto de Cuba en el 2007.

Lo alarmante es que se desconoce la procedencia de esos miles de millones de pesos en manos de un reducido número de cubanos. Todo cae en el campo de la suposición, debido a que, como apuntábamos, se carece de información confiable.

No se acepta como creíble ninguna conclusión precipitada o efectista, porque apuntan a la falsedad. Nada conduce a que en estos momentos sepamos el origen real de esas grandes sumas de dinero.

Si lo anterior es cierto, también lo es que la gran mayoría de la población cubana, la que no sobrepasan los 20 CUC mensuales de salario, está sumida en una penosa existencia. Vive al día, inventando, haciendo milagros para llevarse a la boca los mendrugos que compra en sus bodegas, sabiendo que el salario sólo le alcanza  para una semana de mal comer.

De ahí que no le quede otra alternativa a los cubanos que sumergirse en la “selva del invento”, controlada por especuladores, revendedores y traficantes que venden mercancías robadas al Estado. De lo contrario, se muere de hambre.

Esa es la realidad de la Cuba de hoy, la “socialista”, la “igualitaria”, la “revolucionaria”, la que ya no puede esconder que por un lado están los pobres y por otros los nuevos ricos que amasan fortunas.

El fin de las dictaduras

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Por: Fernando A Orrantia

Los expertos en asuntos cubanos predicen que la camarilla de ayudantes de Castro, encabezados por su deteriorado hermano Raúl, casi tan anciano como Castro, no podrá mantener por mucho tiempo la opresión que ahora sufre el pueblo cubano.

La muerte de Augusto Pinochet cerca del fin del año y la noticia de la enfermedad terminal de Fidel Castro, nos indican cambios favorables en la cara de Latinoamérica para el año que pronto se iniciará. La división del pueblo chileno entre los partidarios agradecidos del dictador, asesino y ladrón Augusto Pinochet y los que lo odian porque sufrieron los abusos de su dictadura y porque eliminó la democracia entre 1973 y 1990, son prueba irrefutable de la voluble e interesada naturaleza humana.

A sólo meses del fin del período presidencial de Allende -que ciertamente destruyó la economía chilena con su política económica caótica y populista- Pinochet usurpó el poder en septiembre de 1973 por medio de un breve golpe militar que concluyó con la muerte del Presidente elegido legítimamente por los chilenos y con el apoderamiento del gobierno, el cual sólo abandonaría hasta 1990 por su soberbia, al realizar un plebiscito que indicara si se quedaba o se iba del poder.

A pesar de los resultados de las encuestas previas, equivocadas por la fortaleza de la misma dictadura, los votantes chilenos aprovecharon la oportunidad y el error de juicio de Pinochet y votaron en 1989 por la salida del dictador, quien a su pesar y después de examinar la posibilidad de renegar de su promesa, se vio obligado a abandonar el poder en marzo de 1990 y permitir una transición a la democracia que más tarde demostraría los crímenes y los robos del dictador militar. Pinochet permaneció como Comandante de las fuerzas armadas de Chile hasta 1998, para evitar cualquier acción judicial en su contra.

Al levantarse en armas traicionando a su pueblo y a su gobierno que había jurado defender y proteger, Pinochet en 1973 no pudo esperar a que sólo seis o siete meses más tarde los electores eligieran a un nuevo Presidente que cambiara el rumbo suicida de la economía del país. La realidad es que se apoderó del poder para disfrutarlo, pero al mismo tiempo demostró que los militares, cuando olvidan su obligación de respaldar al gobierno del Estado elegido por la mayoría de los ciudadanos, incurren en el mismo error que pretenden eliminar: destruyen al país aunque mejoren la economía, porque dividen a los hermanos, a las familias y al país, como sucedió en la España de 1936-1939 con la insurrección de Franco contra el gobierno legítimo de la República.

Pinochet mató a cerca de cinco mil personas, aunque sólo se encontraron los cuerpos de poco más de dos mil. Se supone que el resto fue arrojado al mar desde aviones militares. La supuesta intención de limpiar al país de sus socialistas destructores económicos se convirtió pronto en una furia rabiosa de muerte y deportación. Salieron del país los que pudieron escapar antes de ser encarcelados por los militares convertidos en verdugos de sus propias sentencias.

Hace algún tiempo un prominente militar estadounidense me explicaba que en los estudios militares en la academia de West Point, los profesores repiten día tras a día a los cadetes estudiantes, que los militares de un país tienen como obligación principal apoyar y proteger a los gobiernos elegidos por el pueblo y que los militares que se sublevan, además de convertirse en delincuentes, olvidan que a ellos nadie los eligió, por lo cual no tienen derecho a gobernar.

La muerte de Pinochet y la difusión de sus depósitos millonarios en Estados Unidos cierra un vergonzoso capítulo para Chile y se espera que la muerte del dictador ayude a eliminar la división de opiniones en los ciudadanos. La inminente muerte de Fidel Castro producirá consecuencias no previstas, como la posible salida masiva de emigrantes “balseros” hacia Florida y México, así como una posible convulsión política por la intención de los integrantes del gobierno castrista de permanecer en el poder a la muerte de su líder, para continuar manteniendo al pueblo cubano oprimido por las carencias de la pobreza y de la falta de libertades cívicas que impuso la dictadura castrista.

Los expertos en asuntos cubanos predicen que la camarilla de ayudantes de Castro, encabezados por su deteriorado hermano Raúl, casi tan anciano como Castro, no podrá mantener por mucho tiempo la opresión que ahora sufre el pueblo cubano, porque sólo el carisma y la aureola de falso profeta que rodea a Castro ha permitido a quienes no pudieron o no quisieron salir de Cuba soportar los problemas de la dictadura cubana. La publicidad y la propaganda de la dictadura enfrentará la oposición cubana que reside fuera de Cuba, especialmente en Estados Unidos. Cuando esos exiliados empiecen a llevar a Cuba los productos y artículos de primera necesidad y de comodidad que ahora no tienen, empezará el derrumbe de la estructura creada por Fidel para perpetuar a sus cómplices en el poder.

Cuando los cubanos se percaten de que nadie los invade y que en cambio, reciben todos los productos y alimentos que los exiliados envíen, se darán cuenta de que perdieron dos generaciones de ciudadanos que no conocieron otra Cuba que la aplastada por Fidel y que los cubanos que emigraron obtuvieron educación y libertad para trabajar y para crear un patrimonio.

A los 80 años y enfermo de cáncer en el colon -como se ha diagnosticado por médicos estadounidenses que han reunido la información dispersa pero reveladora- Fidel Castro no puede resistir el avance irremediable de su decrepitud. Dueño de una inteligencia extraordinariamente privilegiada pero torcida, Castro no pudo resistir la tentación de conservar indefinidamente el poder que arrebató por la fuerza al anterior dictador cubano Fulgencio Batista. Expropió a los empresarios cubanos y extranjeros por igual, sin pagarles un solo peso por ello. Asesinó sin juicio previo a decenas de sus antiguos compañeros de armas contra la dictadura de Batista que se inconformaron con la creación de otra dictadura, sólo porque Castro tenía el poder en sus manos.

Inteligentemente, Castro permitió la salida de Cuba a todo aquél que quisiera hacerlo, antes de cerrar la frontera más difícil de superar: el mar Caribe. Eso eliminó a casi todos los disidentes internos y pudo encarcelar y asesinar a los pocos que creyeron que Castro permitiría libertad de expresión y de trabajo. Su familia se distanció del dictador y emigraron al percatarse de las verdaderas intenciones de Fidel. Sólo su hermano Raúl permaneció a su lado, comprado por el ofrecimiento de heredar el poder a la muerte de Castro.
El denominado “embargo estadounidense” a Cuba nunca fue tal. Estados Unidos prohibió a sus nacionales vender y comprar a Cuba mientras el gobierno cubano no pagara las indemnizaciones por las expropiaciones arbitrarias realizadas durante el cambio de dictador militar a dictador comunista. Es la respuesta normal de cualquier gobierno para quienes le roban empresas a sus nacionales y no se les indemniza. Pero Estados Unidos nunca impidió -porque no pudo- que Cuba comercializara con Europa y con los países de Latinoamérica que no eran dependientes de Estados Unidos.

Durante la larga era del PRI, México le vendió y le compró a Cuba lo que quiso, mientras nuestra economía era estable. Cuando en 1976 empezamos con las devaluaciones sexenales y a necesitar préstamos de emergencia de Estados Unidos, del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, ambos controlados por Estados Unidos, se nos prohibió comprar y vender a Cuba. Díaz Ordaz, aunque odiaba al dictador Castro, le regaló a Cuba petróleo para hacer evidente nuestra autonomía frente a las órdenes económicas de Estados Unidos. Lamentablemente, después vino el caos económico con Echeverría. La debilidad económica creada por las administraciones del desastre del PRI nos quitaron hasta la libertad de comercializar con quien quisiéramos.

Cuba estaba mantenida por Rusia, como punto de observación privilegiado frente a las costas de Estados Unidos. Aunque era un divisadero muy caro, Rusia compró durante décadas todo el azúcar cubano a precios superiores al mercado y le dotó de armas gratis. Cuando quebró la economía de la URSS y Rusia ya no pudo regalarle más dinero a Cuba, la pobreza de los cubanos se incrementó, hasta la llegada al poder de Hugo Chávez, adorador de Fidel y mecenas dispuesto a reglarle a Cuba lo que sea, a cambio del agradecimiento cubano y de molestar a Estados Unidos.

Los pronósticos médicos nos indican que Cuba quedará libre de su dictador en los primeros meses del año. Será sin duda muy interesante observar lo que suceda en Cuba después de Castro. Después de la transición democrática de México en 2000, la única dictadura que queda en Latinoamérica es la de Castro. Ojalá pronto Cuba quede libre del peor de los parásitos: el dictador añejo que se resiste a dar la libertad al pueblo al cual traicionó.

26 de Julio de 1953. ¿Comienzo del terrorismo?

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Por: Jorge Ferragut

Se cumple un año mas del asalto que dió origen a la llamada Revolución “Cubana”. Su origen verdadero está en el encuentro entre Fulgencio Batista y Fidel Castro antes del golpe de estado, reunión concertada por Rafael Díaz-Balart, en la cual al igual que todos los sumisos de Batista le dijo usted es el Hombre. Bajo la Constitución Cubana el que rompiera el orden constitucional justificaba la lucha armada para derribarle,…

Castro en su camino al poder, se sirvió de los errores de sus enemigos y del desarrollo extraordinario que Cuba había alcanzado a pesar de tantos errores en solo 57 años de república, alcanzando posiciones de avanzada en el continente.

Batista con su actitud creó un frente común en su contra. No tenía moral para decir que luchaba contra el comunismo cuando era él el Padre del Comunismo en Cuba. Diferentes factores como Empresarios, Industriales, Iglesia, Partidos Políticos, Sindicatos, Universitarios, enfrentaron la dictadura. Batista contó con cierta base popular en el sector negro (al que Castro le ha pasado la cuenta). A Castro lo apoyó la imagen de Robin Hood creada por New York Times, y la lucha paralela por el resto de factores contra la dictadura. La muerte de Echeverría, y falta de líderes políticos con mensaje y apoyo.

La huída miserable del dictador Batista traicionó no solo a los suyos, sino al pueblo al entregarle en bandeja de plata la Patria a Castro, sus instituciones, ejército, policía (llamada de Batista no nacional) al entrar triunfante en enero de 1959 tras una comedia de guerra de guerrillas acompañada de sus comandos terroristas del 26 de julio, contra la población civil. Este periodo tuvo pasajes escandalosos: compra de la posta del Moncada por $300,000 para salvar la vida a Kaxtro. Vacaciones en la enfermeria de la prision Isla de Pinos. Indulto. Venta del tren militar de Santa Clara. Ofensiva a la Sierra. Bombardeos a la misma.  Entrega trapera de las instituciones a su sucesor,… Kaxtro ha sido y es el hijo legítimo de Batista. Las generaciones que han venido le deben a Batista este presente y larga noche que padecemos.

La corrupción generalizada de Batista, unido a sus compinches, junto al factor desestabilizador de Estados Unidos en favor específico no del restablecimiento de la democracia sino del establecimiento de la revolución de Castro. La confianza de los factores anti-batistianos en la mediación de la Embajada de Estados Unidos conspiró en favor de Castro. Todo esto plasmado en el libro “El cuarto piso” del último embajador estadounidense en Cuba antes de 1959.

Aquellos fangos trajeron estos lodos por los cuales ha sido tan dificil de combatir, y le ha sido tan facil al Tirano de neutralizarnos como niños amaestrados por estar siempre confiados a la potencia, que ha obrado según sus intereses y equivocaciones, además de otros factores ocultos que favorecieron a Castro para llegar al poder y permanecer en él,…

Hemos pagado y seguimos pagando un largo castigo. Hemos padecido el crimen y traición, la neutralización por factores de inteligencia que han seguido favoreciendo al Tirano, a su Revolución, a su Inquisición marxista-leninista,… El fin del teatro se aproxima, pero las condiciones a favor del continuismo se mantienen y del indulto al crimen impune del comunismo y su mafia del partido comunista,…

Cuba, los cubanos hemos pagado un alto precio, podríamos traer diferentes aspectos que nadie trata, y que son los que la política siempre mantiene en la obscuridad,… Confio en Dios, en su providencia que permita al cubano levantarse de sus cenizas,…

Cuba: La transición o el desastre

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Por: Carlos Alberto Montaner
V Foro Atlántico
“Cuba: de la dictadura a la democracia”
Fundación Internacional para la Libertad
Fundación Iberoamerica-Europa

En 1950, Akiro Kurosawa estrenó Rashomon, una inquietante película ambientaba en el siglo XII, en la que cuatro protagonistas de un horrendo crimen aportaban sus versiones contradictorias sobre lo que realmente había sucedido. Para enfrentarse a la situación cubana actual y a su posible desenlace, tal vez sea un buen procedimiento adoptar la técnica del director japonés e intentar colocarnos en el papel de cada uno de los actores fundamentales de este viejo e inacabable drama.

Fidel Castro, visión y misión

Comencemos por Fidel Castro. Es el más vistoso, ubicuo e inevitable de todos los cubanos. Le dio sentido y forma a la revolución. Lleva medio siglo instalado en los titulares de toda la prensa y su pintoresca imagen es la más conocida de toda la fauna política planetaria. A sus casi 82 años, agoniza lentamente en La Habana devorado por un cáncer intestinal que hizo metástasis, y del que fue necesario operarlo (sin mucha fortuna) en verano del 2006. En diciembre del 2007, finalmente, aceptó que no podía volver a dirigir el gobierno, pero no se resigna a perder el poder: un poder que ha ejercido sin limitaciones ni contrapesos desde 1959. Ante esta situación, su hermano y heredero, el general Raúl Castro, cuando asumió la presidencia propuso consultarle todos los asuntos fundamentales que debe afrontar el país. Para formalizar el acuerdo, le pidió autorización al parlamento cubano que, de inmediato, se lo concedió, obviamente, por unanimidad.

Pero había (y hay) un problema fundamental. El Comandante no estaba dispuesto a quedarse como un consejero pasivo que ofrece sus recomendaciones humilde e incondicionalmente a sus herederos. Por otra parte, mientras gobernó, Castro jamás fue un líder dedicado a solucionar los problemas cotidianos de la sociedad cubana -más bien los agravaba con iniciativas enloquecidas como dotar a cada familia con una vaca enana-, sino fue un héroe épico, gallardamente empeñado en arreglar las injusticias del mundo, todas ellas derivadas, según su diagnóstico, del desventurado capitalismo y del comportamiento malvado y codicioso de las potencias capitalistas encabezadas por Estados Unidos, el flagelo de la especie humana.

Como era previsible, de esa visión de sí mismo como un San Jorge tropical derivó la misión que le asignó a su gobierno: luchar en todos los frentes contra su enemigo americano y el resto de los países que se opusieran a su cruzada. A lo largo de su prolongado paso por el poder, Fidel Castro envió sus ejércitos a África[1], incluida una larga guerra que duró quince años. Mandó una brigada de tanques a las alturas del Golam para enfrentarse a Israel en la guerra de 1973, y, mientras pudo, colaboró con golpes de estado en lugares tan extraños como Zanzíbar y Yemen, al tiempo que adiestraba y remitía guerrillas, terroristas y conspiradores a veinte naciones, convirtiendo a Cuba en un incansable foco subversivo. Su lema era muy claro: “el deber de todo revolucionario era hacer la revolución en cualquier lugar del mundo”.

¿Qué le queda a Fidel Castro de aquellos sueños de conquista planetaria y de su rol como temible factótum del tercer mundo? Le queda una construcción retórica basada en una lectura deliberadamente deformada de la realidad cubana. Según el panglosiano discurso de este Fidel Castro terco y crepuscular, la sociedad cubana es un paradigmático modelo de educación, igualitarismo y salubridad, en el que una población esencialmente culta y satisfecha disfruta de las ventajas del sistema puesto en práctica por él a partir de 1959. Esa sociedad, fundamentalmente feliz, que no desea cambiar nada, que no necesita consumir porque está dotada de una gran fuerza espiritual, además, ha conseguido resistir los embates del imperialismo norteamericano, se sobrepuso al “desmerengamiento” del bloque socialista, y hoy, llena de ilusiones, construye junto a Chávez el socialismo del siglo XXI para prolongar por otras vías la vieja batalla contra el imperialismo y sus podridos agentes y secuaces. Para Castro, pues, la lucha no ha terminado, y la Cuba que le quiere legar a sus herederos es la que él construyó pacientemente: la revolucionaria, deseosa de clonarse incesantemente, la heroica, la que jamás se rendirá ni bajará la guardia. Y, en consecuencia, aunque senil y enfundado en un ridículo atuendo deportivo, ése el mensaje con que tiñe cada una de sus intervenciones y consejos sobre los asuntos de Estado que le llegan a su lecho de enfermo terminal: ¡hasta la victoria siempre!

Raúl Castro o la lucidez inútil

Para su hermano Raúl esto es un problema grave. El general Raúl Castro es otro tipo de persona. Nunca tuvo el menor inconveniente en darle un balazo en la cabeza a un adversario molesto, y jamás le quitó el sueño encerrar a un enemigo en una celda espantosa durante varias décadas (como hizo con Mario Chanes y Huber Matos, sus compañeros de lucha), pero es una persona realista. Fidel lo arrastró a todas las aventuras que le pasaron por la cabeza -el ataque al Moncada, la Sierra Maestra, la conquista de África-, pero él no es su hermano, y su sentido común y su experiencia le dejan ver con toda claridad que su papel como gobernante no consiste en enderezar los torcidos destinos de la humanidad, sino lograr que la gente en Cuba pueda tomarse un vaso de leche después de sobrepasar la edad de los siete años, peligrosa frontera a partir de la cual la desnutrición parece que está oficialmente autorizada en el país.

En efecto: cuando Raúl Castro mira la realidad cubana, al contrario de su hermano, lo que ve es una sociedad miserable, en la que abunda la prostitución, y en la que casi todas las personas practican el comercio ilícito o el robo para sobrevivir, con graves dificultades para alimentarse o transportarse, hacinada en unas humildes casas despintadas, llenas de goteras y mal iluminadas, que literalmente se están cayendo a pedazos, en las que la electricidad y el agua potable son intermitentes. Raúl Castro sabe que el sistema económico es sádicamente improductivo, que los cubanos perciben como una cruel estafa que les paguen en una moneda devaluada con la que no pueden comprar nada que valga la pena. No ignora que el nivel de infelicidad y desdicha de la población es altísimo, que los jóvenes sólo añoran largarse del país, y que todos viven fingiendo cínicamente unas devociones políticas que realmente no sienten porque las condiciones de vida materiales son espantosas.

Por otra parte, Raúl Castro, supongo que embargado por la melancolía, tampoco desconoce que esa sórdida realidad material -parece que no toma demasiado en cuenta la emocional-, que no deja espacio a la esperanza, se alivia con medidas extraídas de la economía de mercado: suprimiendo el clientelismo y los subsidios, liquidando la esquizofrenia de las dos monedas, descentralizando y desideologizando la toma de decisiones, reintroduciendo los derechos de propiedad, aceptando la lógica de los precios, permitiendo que los cubanos pongan en marcha empresas privadas, otorgando incentivos de acuerdo con resultados, liquidando el igualitarismo y el paternalismo estatal, dos formas letales de corromper a la población, abriéndose realmente al mercado y a las inversiones extranjeras, aligerando la decrépita, ociosa y lenta burocracia, y poniendo fin al permanente estado de hostilidad entre la Isla y Estados Unidos, el socio natural que tiene Cuba para despegar económicamente en un periodo relativamente breve. Es verdad que todo eso significa el entierro sin gloria de la revolución, pero si la realidad es profunda y testarudamente contrarrevolucionaria, oponerse a ella no es otra cosa que dogmatismo, estupidez y voluntarismo, precisamente las actitudes que han hundido al país en la miseria y se han convertido en las señas de identidad de lo que allí llaman, pomposamente, “el proceso revolucionario”.

Raúl Castro, en fin, que es una persona inteligente, sabe lo que hay que hacer para comenzar a arreglar el inmenso desaguisado provocado por medio siglo de disparates comunistas sumados a las excentricidades de Fidel, pero, al mismo tiempo, se da cuenta, como se dan cuenta todos los cubanos, que sus objetivos y los de su hermano son contradictorios. Fidel insiste en matar el dragón con su lanza. Raúl, además de retener el poder (su objetivo prioritario), quiere que Cuba se convierta en un país normal y deje de ser una fracasada fábrica de utopías, sacrificios y frustraciones, aunque para ello tenga que ponerse de acuerdo con el dragón. Fidel Castro, tras su muerte, quiere dejarle a la humanidad el ejemplo de un país revolucionario que venció a todos sus enemigos y le enseñó a la especie humana el rutilante camino de la felicidad. Raúl Castro, tras su muerte, quiere dejar una sociedad razonablemente esperanzada, sin sobresaltos, capaz de transmitir la autoridad pacíficamente dentro de las estructuras partidistas, para que sus familiares y amigos no corran peligros innecesarios, y puedan, además, tomarse un vaso de leche aunque tengan más de siete años de edad.

Los reformistas silenciosos

Raúl Castro, naturalmente, posee una correa de transmisión para ejercer el mando y, al menos teóricamente, la columna vertebral de ese mecanismo es el Partido Comunista, de donde supuestamente son o deben ser segregadas y supervisadas todas las estructuras del poder. Sin embargo, en la experiencia cubana, a lo largo de medio siglo, ninguna de las instituciones oficiales ha jugado el menor rol en el diseño de las directrices de gobierno. Cuba ha sido una autocracia, un triste sultanato comunista regido por la más repetida de las consignas revolucionarias: “Comandante en Jefe, ordene”. Allí ha mandado Fidel como le ha dado la gana, sin contención ni control, y cada vez que surgió un foco de autoridad remotamente crítico -la microfracción dentro del Partido, Carlos Aldana dentro del gobierno, el general Arnoldo Ochoa dentro del ejército-, lo ha cercenado de un tajo.

Raúl heredó intacto ese poder, incluso con una variante que le favorece: él mismo controla directamente al gobierno, al partido comunista, a las fuerzas armadas y a los muy extendidos servicios secreto. No obstante, el talón de Aquiles de su régimen está en la sucesión: detrás de él no hay nadie. Él no tiene un Raúl que lo sustituya, como su hermano lo tenía a él. No existe en el país ninguna figura que aglutine al sector oficialista y al inmenso aparato estatal. Sus hombres de confianza -los generales Abelardo Colomé Ibarra y Julio Casas Regueiro, y el Dr. José Ramón Machado Ventura- son unos viejos y oscuros aparatchicks, competentes y leales, necesariamente provisionales, dada la avanzada edad que tienen, cuestionados por algunas zonas de la estructura de poder y desconocidos por la población, dirigentes, en fin, que no pueden contar con la obediencia del resto de las instituciones del país, y muy especialmente de la Asamblea Nacional del Poder Popular y de los sindicatos, donde los parlamentarios, aunque hoy no se atrevan a abrir públicamente la boca (en privado algunos sí lo hacen), están cansados de ser un afinado coro de papagayos amaestrados, dedicado a cantar alabanzas a sus preclaros gobernantes, mientras los líderes sindicales se avergüenzan de ejercer, en realidad, como los verdugos de las aspiraciones legítimas de los trabajadores.

Por eso Raúl se propone reinstitucionalizar la revolución a toda marcha. Quiere que, tras su desaparición de la escena -calcula que le quedan unos cuatro o cinco años de vida útil para cumplir con esa tarea-, el Partido, como en China o en Vietnam, pueda asumir la dirección de la vida pública. Pero sucede que ese partido está, como todo el país, profundamente desmoralizado, ya no cree en las premisas ideológicas del marxismo (como no cree en ellas el propio Raúl Castro), y la inmensa mayoría de los cuadros y militantes desea cambios profundos que atentan contra la esencia del discurso revolucionario porque no excluyen la apertura política y el pluripartidismo.

Eso se vio claramente en los miles de debates propiciados por el régimen a lo largo del año 2007: los militantes comunistas, o, simplemente, revolucionarios, quieren libertades. Libertades para viajar, vivir de acuerdo con sus preferencias sexuales, informarse sin controles y manifestar sin miedo sus criterios. Quieren libertades para estudiar lo que desean y trabajar en lo que quieran, incluidas actividades productivas privadas. Están cansados de ser tratados como menores de edad o retardados mentales. Por primera vez, la tolerancia y la aceptación del derecho a la divergencia se hicieron transparentes como un deseo compartido por la ciudadanía, incluidos los comunistas. En el discurso públicamente pronunciado el 2 de abril del 2008 en el Séptimo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Eusebio Leal lo dijo sin ambages: el país se prepara para una nueva etapa. El país está lleno de expectativas y todas se orientan hacia el deseo de una intensa ampliación del ámbito de las libertades individuales. Sencillamente, el grueso de la militancia comunista está compuesta por reformistas que ansían un cambio profundo y radical, totalmente alejado de la dictadura inmovilista que les quiere dejar Fidel Castro como herencia, y también del exótico modelo chino o vietnamita con que Raúl Castro se entretiene durante sus noches de insomnio.

Los demócratas de la oposición

Los demócratas de la oposición son el cuarto factor importante. Son varios millares dentro de Cuba, con unos doscientos cincuenta encarcelados -entre ellos veinticinco periodistas independientes-, empeñados en revitalizar la abatida sociedad civil, esparcidos por las principales ciudades del país, aunque el núcleo más voluminoso está en La Habana. Cualquiera pudiera pensar que son pocos para una población de más de once millones de habitantes, pero, con la excepción de Polonia, Cuba es el país comunista con mayor número de opositores conocidos y organizados. Algunos grupos y personas, incluso, han alcanzado una gran notoriedad internacional: las Damas de Blanco, las Bibliotecas Independientes, Oswaldo Payá, Martha Beatriz Roque, Oscar Elías Biscet, Héctor Maseda, Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”), René Gómez Manzano, Vladimiro Roca, Oscar Espinosa Chepe y Elizardo Sánchez entre otros muchos.

Lo que solicitan estos demócratas, y lo que se les niega mediante diversas formas de represión, incluidas la cárcel y las golpizas, es espacio para intercambiar ideas libremente, la posibilidad de hablar y publicar dentro del país, y la autorización para realizar actividades proselitistas. Aspiran, lógicamente, a participar en la vida política de la nación para poder alentar pacíficamente un proceso de transición hacia la democracia, pero hasta ahora sólo han conseguido una victoria parcial, aunque tremendamente importante: que el gobierno no haya podido aplastarlos ni silenciarlos totalmente, como sucedía en las primeras dos décadas de la dictadura. Esta limitación de la represión, en gran medida, se debe al reconocimiento internacional que han recibido los disidentes, apoyo que ha sido posible por las gestiones de los demócratas de la oposición externa, muy activos y eficaces en Estados Unidos y Europa.

La estrategia de la dictadura frente a los demócratas de la oposición interna es la misma que el KGB desplegaba en la URSS frente a los opositores: primero, penetrarlos con decenas de agentes de la contrainteligencia, y, segundo, excluirlos de la vida pública mediante el manido expediente de calumniarlos y calificarlos como agentes pagados por los Estados Unidos para que traicionen a su país. En todo caso, no se trata de un argumento serio que realmente preocupa a la población, sino de una coartada para justificar la marginación y las represalias. A partir de esa premisa, los demócratas, siempre al alcance de una paliza o de la cárcel[2], no pueden participar como opositores en ninguna institución -sindicatos, organizaciones de masas, parlamentos, organizaciones estudiantiles o profesionales-, y les está vedada cualquier actividad pública. La consecuencia de esta marginación es obvia: la capacidad real que tienen de impulsar la transición hacia la democracia es muy débil, pero, en su momento, serán muy importantes cuando ese periodo se alcance.

En cuanto a los demócratas de la oposición externa -que también suelen enfrentar las campañas de calumnias orquestadas por la policía política cubana y sus colaboradores, a veces acompañadas por episodios de estridente vulgaridad y violencia-, están limitados a cinco tareas esenciales que suele realizar con cierta eficacia, pese a los limitados recursos que poseen:

  • Denunciar internacionalmente los atropellos de la dictadura.
  • Ayudar a los demócratas dentro de Cuba proporcionándoles aliento, recursos, análisis e informaciones.
  • Generar apoyo internacional para respaldar el cambio.
  • Impedir que el gobierno cubano pueda normalizar sus relaciones con Estados Unidos o Europa sin antes amnistiar a los presos políticos y respetar los derechos humanos y civiles de los cubanos.
  • Estudiar y explorar las mejores vías para lograr una transición exitosa cuando llegue el momento de los cambios.

La triste mayoría silenciosa

¿Y qué papel desempeña el pueblo llano en todo esto? Quiero decir, los diez millones de personas que no forman parte del partido comunista, ni militan en la oposición, ni son militares, agentes de la Seguridad o dirigentes medios del aparato administrativo: nada menos que esas nueve décimas partes del total del censo cubano que sobrevive como puede en medio de la vorágine nacional.

En realidad, ese pueblo llano, hoy dotado de una mínima pulsión cívica, tiene un escaso peso relativo. Ha aprendido a obedecer, aunque sólo sea aparentemente, como una forma de sobrevivir, adoptando lo que en Cuba llaman “la moral de la yagruma”, una planta cuyas hojas tienen dos caras totalmente diferenciadas. Mientras en la intimidad de los hogares o con los amigos de confianza la inmensa mayoría de ese pueblo llano critica en voz baja al gobierno, y lo califica de corrupto e incompetente, culpándolo de la miseria sin esperanzas que padece, no obstante, aplaude si se lo piden, desfila y grita consignas si lo convocan, y hace la cruz en cualquier boleta electoral que le pongan en la mano, aunque carezca de la menor convicción revolucionaria. Lo hace con la actitud mecánica y conformista, podrida por el oportunismo, de quien, para evitar males mayores, participa en un rito hipócrita vacío de cualquier contenido afectivo.

¿Sabemos lo que realmente desea ese pueblo? Sí, porque al menos ha habido dos encuestas imparciales[3], aunque celebradas en condiciones muy difíciles, y porque conocemos lo que pretende lograr cualquier población compuesta por seres humanos normales. Los cubanos, simplemente, en el terreno estrictamente material, quieren vivir mejor[4]. ¿Qué es eso? Sencillo: tener viviendas mínimamente habitables, alimentarse razonablemente y con comidas variadas, poder tomar leche, comprar pan, huevos, carne o aceite sin racionamientos o precios prohibitivos, y adquirir zapatos o ropas sin tener que arruinarse. Las mujeres ambicionan cosas tan humildes como toallas sanitarias, ropa interior, sábanas, toallas, colchones, almohadas, pañales infantiles desechables, útiles de cocina. Todos quieren tener libre acceso a papel higiénico, jabones, desodorantes. Anhelan poder arreglar y pintar sus viviendas sin tener que robarse los materiales. Sueñan con ciudades en las que las cucarachas y los ratones no les disputen la vía pública a unos transeúntes que tienen que caminar entre aceras y calles destrozadas, sorteando montones de basura hedionda y pestilentes salideros de las alcantarillas. Quieren poder adquirir automóviles, y si no tienen dinero para ello, al menos poder contar con sistemas de transporte humanos, y no esos vehículos atestados por cientos de pasajeros sudorosos y disgustados por el tiempo perdido a la espera de unos autobuses que parece que no llegan nunca.

¿Qué hace el gobierno para mitigar las infinitas necesidades materiales de una población, en general, sin grupos sociales medios, que vive como los sectores pobres de América Latina? Hace dos cosas: o silencia las quejas y las deficiencias y reitera el cínico discurso contra el consumismo occidental, o le entrega a la población dos sofismas políticos complementarios. Le dice (y ya nadie lo cree) que “la culpa es del bloqueo yanqui”, y le asegura que, pese a los síntomas, los cubanos viven en el mejor de los mundos posibles, porque, si no fuera por la revolución, la sociedad padecería una miseria como la haitiana y la población sería esclavizada por los norteamericanos o por los crueles cubanos exiliados -la mafia de Miami- que regresarían cuchillo en mano a sojuzgar a sus compatriotas y a echarlos de sus viviendas. Simultáneamente, una y otra vez el gobierno les recuerda a los cubanos que, también gracias a la revolución, hoy el país cuenta con una masa notable de personas educadas y con acceso a un extendido (aunque muy precario) sistema de salud.

El pueblo llano, ¿cree, realmente, estas patrañas? Probablemente no, pero, con toda seguridad, esas campañas propagandísticas, repetidas hasta el cansancio por los medios de comunicación, sí han conseguido elevar el nivel de ansiedad de la población (especialmente entre los mayores de 60 años) ante ese eventual cambio de modelo económico que el país desea ardientemente, pero, al mismo tiempo, teme, porque su realidad material es muy endeble y carece de excedentes para afrontar lo desconocido con un mínimo de seguridad. Esa población, pues, sufre las consecuencias de un gobierno que ha sacrificado tres generaciones de cubanos y ahora se dedica a envenenarle la posibilidad de un futuro mejor. Eso, en parte, explica su parálisis, pero, aún en la mayor incertidumbre, no hay duda de que el pueblo llano anhela unas reformas profundas y definitivas que lo saquen de la miseria en la que vive.

Hugo Chávez forma parte de la ecuación

El venezolano Hugo Chávez también forma parte de la ecuación cubana. En diciembre del 2005 Carlos Lage dijo en Caracas que Cuba tenía dos presidentes, Hugo Chávez y Fidel Castro. Inmediatamente, y sin demasiada discreción, se crearon comisiones para comenzar a dar pasos en la dirección de confederar ambos países ajustando sus legislaciones, pero tuvieron que abandonar esos planes unos meses más tarde cuando el Comandante se enfermó. Ya nadie dice que Cuba tiene dos presidentes, Raúl Castro y Hugo Chávez, y mucho menos que Raúl Castro es también el presidente de Venezuela, pero las relaciones entre los dos países son muy intensas y no hay duda de que gravitan sobre el futuro cubano.

Como suele decirse en los guiones de los cómicos más socorridos, Chávez le trae a Raúl Castro una noticia buena y otra mala. La buena son los algo más de cien mil barriles diarios de petróleo (que acaso le permiten reexportar a Cuba entre quince y veinte mil), más los créditos para adquirir productos venezolanos. ¿Cuánto alcanza ese subsidio disfrazado de intercambio? Probablemente entre tres y cuatro mil millones de dólares anuales, una cantidad inmensa si se toma en cuenta el tamaño de la economía venezolana y el escaso volumen de las exportaciones cubanas.

¿Por qué Chávez ha puesto la tesorería venezolana al alcance de las ilimitadas necesidades de la incompetente economía cubana? Porque la asociación con Cuba le proporciona varios elementos clave para sostenerse en el poder:

  • La colaboración muy eficaz de los servicios cubanos de inteligencia, que lo mantienen informado de lo que sucede en todos los niveles de la estructura del poder y de la oposición en Venezuela.
  • Los médicos y personal sanitario cubano para las misiones, dedicados a reclutar la clientela política del chavismo.
  • La creación de un marco de apoyo internacional al chavismo forjado de acuerdo con la vieja técnica de orquestación mundial de la solidaridad revolucionaria que los cubanos aprendieron cuidadosamente de sus maestros soviéticos.

Sin embargo, la mala noticia para Raúl Castro es que Chávez es el continuador del espasmo imperial tercermundista que afectó a Cuba durante medio siglo. Chávez y Fidel deliran en la misma frecuencia, padecen del mismo tipo de mesianismo, y entre el año 2002 y el 2004 ambos llegaron a la peregrina conclusión -esbozada por el canciller cubano Felipe Pérez Roque en Caracas en diciembre del 2005- de que el eje Habana-Caracas debía asumir paladinamente la defensa del “socialismo del siglo XXI” y reemplazar al Moscú decadente y traidor que había abandonado el objetivo de liberar a la humanidad de las cadenas del opresor capitalismo occidental acaudillado por Estados Unidos.

Así las cosas, al asumir la relación con Hugo Chávez, Raúl Castro obtiene, por una punta, como activos, los recursos que necesita para aliviar la situación económica del país, pero, por la otra, también debe afrontar un enorme pasivo: el costo que significa continuar atado a un proyecto político delirante, anacrónico y condenado al fracaso, que no es más que una nueva versión, menos sangrienta, del que consumió inútilmente las primeras cuatro décadas de la revolución cubana.

Cuando muera Fidel -padre putativo de Chávez-, ¿qué va a pesar más en el ánimo de Raúl Castro, el suministrador de petróleo y créditos vitales, o el generador de pleitos inútiles, abanderado de causas absurdas defendidas con ideas equivocadas? Cualquiera de las dos opciones tiene un alto costo y un peligro. Si abandona a Chávez pierde ingentes cantidades de recursos y se expone a que los residuos del fidelismo nostálgico conspiren de la mano del venezolano. Si permanece encadenado al socialismo del siglo XXI y al guirigay tercermundista antioccidental, jamás conseguirá sacar a la Isla de la situación en que se encuentra postrada y no podrá legarles a los cubanos (ni a su familia y partidarios) un país sosegado y normal, como afirman que promete a su círculo más íntimo y sensato cuando les revela sus planes y visión de largo plazo.

Estados Unidos: un asunto de política interna

Qué duda cabe de que Estados Unidos es un elemento muy importante en el acontecer cubano. Así ha sido, al menos desde fines del siglo XVIII, seguramente como consecuencia de la cercanía entre ambos países. En todo caso, lo probable es que la transición cubana comience a ocurrir durante el mandato del cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, ya sea éste el demócrata Barack Obama o el republicano John McCain, lo que incrementa el peso de Washington en la actual circunstancia cubana.

¿Tiene mucha importancia que gobiernen los demócratas o los republicanos para las relaciones entre los dos países? Tal vez menos de lo que pueda suponerse. La ley Torricelli, que endurecía el embargo, fue firmada en 1992 por el primer George Bush, republicano. Y la ley Helms-Burton, que lo endurecía aún más, fue firmada por el demócrata Bll Clinton en 1996. Durante la campaña electoral, los dos candidatos ya han establecido sus vínculos con los grupos de exiliados y lo probable es que en ningún caso se producirá un brusco viraje estratégico en el diseño de la política estadounidense hacia Cuba. Ninguno de los dos partidos  siente la menor urgencia de modificar una política con la que han vivido casi medio siglo. Tanto demócratas como republicanos tienen un objetivo muy claro relacionado con el tema cubano: contentar a la mayoría de los votantes procedentes de esta etnia -algo muy importante en un estado como Florida, ganado en el año 2000 por los republicanos por 586 votos-, y, si se produjera otro episodio de tensión entre los dos países, evitar el éxodo masivo de cubanos hacia Estados Unidos.

La medida para lograr el objetivo seducir a los votantes cubanoamericanos es muy sencilla, como demuestran todas las encuestas: presentar una política de firmeza frente al gobierno de los Castro, objetivo en el que ambos candidatos coinciden en lo fundamental, aunque puedan discrepar en algunos detalles menores, como sucede con el de la frecuencia de los viajes de los cubanos residentes en Estados Unidos a la Isla. En todo caso, la visión de fondo de los policy makers de los dos partidos también coincide en el diagnóstico sobre qué es lo que le conviene a Estados Unidos que suceda en Cuba: que se produzca una transición ordenada y pacífica hacia la democracia, y que la Isla genere suficientes riquezas para sostener a sus habitantes sin que tengan que recurrir a la emigración.

Afortunadamente, ya son muy pocos los políticos norteamericanos que creen que la mejor manera de defender los intereses de los Estados Unidos es contar con gobiernos de mano dura en el vecindario, lo que hoy los hace rechazar la cínica proposición de aplaudir en Cuba el paso de una dictadura antiamericana a otra más o menos similar, pero con buenas relaciones con Washington, capaz de mantener un fuerte control sobre los cubanos para evitar la emigración clandestina a la Florida o el uso de la Isla como una plataforma para el envío de narcóticos a Estados Unidos.

Una política de apaciguamiento y contemporización con una “dictadura comunista buena” lo único que conseguiría sería aplazar el problema, no resolverlo. La lección aprendida a lo largo del siglo XX es que, precisamente, la estrategia de pactar con “our son of a bitch” (Batista, Somoza, et al), fue lo que provocó la posterior aparición de Castro en Cuba y del sandinismo en Nicaragua, y la causante de innumerables y legítimas críticas a Washington, aunque no deja de ser paradójico que la misma izquierda que antes criticaba a los norteamericanos por tener buenas relaciones con las dictaduras de derecha, ahora los critica por no querer tenerlas con las tiranías comunistas.

¿Qué haría Estados Unidos si Raúl Castro, o quienes le sucedan en el poder, intentaran movilizarse en dirección de un cambio real de sistema? Sin duda, ayudarían, tenderían la mano y favorecerían esta evolución. Harían lo que hizo Ronald Reagan cuando advirtió que Mijail Gorbachov se tomaba en serio la perestroika y el glasnost. Con bastante agilidad, el viejo actor convertido en presidente, quien llegó al poder decidido a enfrentarse al “eje del mal”, desarrolló unas relaciones cordiales son su homólogo soviético, facilitando la distensión y las buenas relaciones entre los dos países, luego perfeccionadas durante la presidencia de George Bush (padre).

En el caso de Cuba, con una economía tan pequeña y frágil como la que tiene el país, y dadas las implicaciones políticas internas que poseen los asuntos cubanos en Estados Unidos, no hay duda de que Washington levantaría el embargo a corto plazo, proporcionaría ayuda copiosa para encarrilar la transición, y buscaría el respaldo de otros grandes actores internacionales para facilitar el paso hacia la democracia y la prosperidad. Obviamente, nada de esto tendría sentido si se prolonga la dictadura actual, o si el gobierno cubano trata de adaptar a la Isla el modelo chino o vietnamita para prorrogar la autoridad y los privilegios de la clase dirigente. En ese caso, en Estados Unidos no existen incentivos razonables para contribuir a la consolidación de ese sistema, ni habría el menor estímulo por tratar de cambiar la política norteamericana hacia Cuba.

Nadie puede lograr sus objetivos

La ironía del caso cubano es que ninguno de los factores principales de este drama puede lograr por sí solo sus objetivos.

  1. Fidel Castro no conseguirá, tras su muerte, la supervivencia de su régimen comunista dedicado a la lucha internacional contra Estados Unidos y el capitalismo occidental. Cuba, sencillamente, no puede seguir siendo una reliquia de la guerra fría, dotada de una antiquísima visión soviética de las relaciones internacionales. Cuba no puede ser, con carácter permanente, la excepción marxista-leninista en un planeta en el que esa opción dejó de tener vigencia.
  2. Raúl Castro no podrá transferir su inmenso poder al Partido Comunista, fracasará en su intento de crear un mecanismo estable y predecible para transmitir la autoridad, y le será imposible calcar los modos de producción de China y Vietnam, generando con ello una terrible frustración en una sociedad que posee unas altísimas expectativas de mejorar sus formas de vida bajo su mandato.
  3. Los reformistas dentro del aparato de gobierno, aunque sean la inmensa mayoría, no podrán controlar el poder y hacer los cambios que la sociedad desea para salir de la miseria y la incertidumbre en la que vive el país. Llevan demasiado tiempo arrodillados y aplaudiendo y están dominados por la capacidad de intimidación de la cúpula dirigente.
  4. El pueblo llano -esos diez millones de cubanos de una población de algo más de once- tampoco es un factor del que podemos esperar una actuación desencadenante de una verdadera transición. El estado anímico que prevalece en el país es una combinación entre la indiferencia, la desesperanza y el “sálvese el que pueda”, es decir, la receta perfecta para la parálisis colectiva. El pueblo llano aprendió a no creer en el gobierno ni en la oposición, y sospecha de todo discurso político y de toda construcción teórica. Su principal objetivo, tal vez su único objetivo, es resolver, vivir mejor. Por eso, su norte suele ser, precisamente, el norte.
  5. Los demócratas de la oposición tienen un peso específico más moral que real. El hecho de que no figuren en ninguna de las instituciones oficiales y de que les esté vedado el contacto con las masas, provoca que no puedan poner en marcha ningún proceso de cambios, aunque la labor que realizan y los inmensos sacrificios que hacen -en los que a veces pierden la vida- sí fomenta la atmósfera para que, en su momento, llegue la ansiada transición.
  6. Hugo Chávez no parece ser un factor destinado a una larga vida política en América Latina. Su peso internacional depende del precio del petróleo, no de sus virtudes personales ni de su ejemplo como gobernante. La alianza que mantiene con los gobiernos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua es muy precaria. Su propia autoridad sobre los venezolanos se debilita progresivamente, como se demostró en el referéndum de diciembre de 2007. Las encuestas reflejan la existencia de un chavismo duro que apenas alcanza el 17% del censo, al que se suma otra zona de apoyo, más blanda, aproximadamente de las mismas proporciones: o sea, apenas lo respalda un tercio de los venezolanos. Su sueño de convertir al eje Caracas-La Habana en el reemplazo de Moscú con el socialismo del siglo XXI se va desmoronando poco a poco. Chávez, además, no tiene influencia en Cuba. Es al revés: él es un prisionero-cliente de los muy eficaces servicios de inteligencia que le proporciona el gobierno cubano.
  7. Estados Unidos tampoco tiene cómo acelerar los cambios en Cuba, pero, a la espera de la circunstancia propicia, lo más prudente sigue siendo mantener la estrategia de contención que ya le dio resultado durante la guerra fría frente a la URSS:
  • Ayudar a los demócratas de la oposición interna y externa, como en su momento hicieron con los disidentes del bloque del Este, para que no sean barridos por el aparato totalitario y puedan servir al país cuando llegue el momento de la transición.
  • Mantener las transmisiones de Radio y TV Martí para que la población de la Isla tenga acceso a informaciones objetivas sobre la realidad contemporánea frente a la propaganda incesante del totalitarismo.
  • Forjar lazos con la Unión Europea y Canadá para presentar un frente común ante la dictadura que presione en dirección de los cambios democráticos y el respeto por los derechos humanos.
  • Ofrecerles ayuda generosa a los cubanos para cuando llegue la “hora cero”, de manera que la población pueda estar segura de que sus condiciones de vida van a mejorar sustancialmente desde el momento en que comiencen los cambios.

El desenlace

¿Cómo terminará la larga era del castrismo? Mi pronóstico es que, tras la muerte de Fidel, Raúl Castro, o sus sucesores -dado que Raúl es un anciano de 77 años-, ante el continuado desastre material del país, ya sin legitimidad y carentes del aura protectora que proporcionan los dictadores carismáticos -desde Franco a Trujillo, pasando por el paraguayo Stroessner-, como sucedió en Europa del Este, y aún en la España post-franquista, se verán obligados a afrontar el inapelable desmantelamiento de un sistema disparatado en el que ya nadie cree. En ese momento, quien ocupe el poder en La Habana tendrá ante sí dos opciones:

  • La primera, abrir el juego democrático ampliando los márgenes de participación a toda la sociedad, incluidos los demócratas de la oposición, como, grosso modo, ocurrió en Europa, aun a sabiendas de que a medio o largo plazo perderán el poder, aunque ya saben que hay vida después del comunismo, como se ha comprobado hasta la saciedad.
  • Y la segunda, hacer eso mismo, pero reservándose el control de las Fuerzas Armadas para tutelar el proceso de cambios, como garantía de que no se producirán revanchas, tal y como sucedió en Nicaragua tras la derrota de los sandinistas o en Chile cuando Pinochet perdió el referéndum.

¿Qué sucedería si no ocurre nada de esto y el gobierno opta por mantener el poder por la fuerza, en medio del descrédito del sistema y de la inconformidad casi total de la población? Tal vez, entonces el desenlace será violento e incontrolable. Un día, probablemente en los cuarteles, un grupo de hombres armados intentará iniciar a tiros los cambios que el gobierno, actuando irracional y cobardemente, se negaba a afrontar. A partir de ese momento, cualquier cosa podrá acaecer, incluido el temido y evitable baño de sangre que no se merecen los pobres cubanos tras tantas décadas de sufrimiento y frustraciones. Esperemos que, al menos por una vez, los cubanos actúen razonablemente.

[1] Al Magreb en 1963 para combatir a Marruecos en su guerra contra Argelia; a Angola en 1975 para consolidar a la facción prosoviética tras la retirada de Portugal, y a Somalia, al Ogadén, en 1977 para ayudar a los comunistas etíopes dirigidos por Mengistu.

[2] Lo que sigue es una nota de prensa transmitida desde La Habana por Martha Beatriz Roque Cabello el 28 de junio de 2008: Golpizas, arrestos, pogromos, se intensifican en la capital cubana. Intento de opositores de manifestarse pacíficamente en “La palaza de la revolución” abortado violentamente por las fuerzas represivas con golpizas y detenciones. Antecedentes: Nota de Prensa No. 20, donde se explicaba que de resultar un engaño la visita que le iban a dar a Iris Pérez Aguilera, continuarían la protesta en Ciudad de La Habana, por lo que salieron de la prisión de Agüica en Colón, con destino a la capital un grupo de disidentes formado por Jorge Luis García Pérez Antúnez, Iris Pérez Aguilera, Ernesto Medero Rozarena, Yunieski García López, Lázaro Alonso Román e Idania Yanes Contreras. Llegaron a la Habana sobre las 7 de la noche y comenzaron a deambular por las calles, se dividieron en dos partes. El plan que tenían era manifestarse en la Plaza de la Revolución a las 7am del día 27 de junio, acompañados de otras personas de provincia, de las cuales algunas llegaron y fueron detenidas, y otras no pudieron llegar. En total están involucrados en los hechos, 25 personas que se han podido detectar con sus nombres. Cerca de las dos de la madrugada fueron detenidos en la intersección de Ayestarán, Infanta y Carlos III. Se encontraban Iris Pérez Aguilera, Jorge Luis García Pérez Antúnez, Yuniesky García López, Alcides Rivera Rodríguez, Guillermo Fariñas Hernández, e Idania Yanes Contreras. Estaban rodeados; contaron 14 motos y 18 automóviles y detectaron un pequeño ómnibus blanco, marca Mercede Benz con un rótulo del Palacio de las Convenciones que los estaba filmando. De un auto marca Citroen color vino, chapa HDA975, se bajaron varios oficiales, entre ellos una mujer y les dijeron que estaban detenidos. Antúnez les preguntó qué cuál delito estaban cometiendo para ser detenidos, que no estaban haciendo nada, que si por las calles de Cuba no se podía caminar. Se abalanzaron sobre ellos y al primero que le dieron y le hicieron llave fue a Yunieski García López, que de una bofetada le partieron la boca. A los gritos de ¡Asesinos! de las mujeres, dos oficiales vestidos de verde olivo, les taparon la boca. El grupo salió del lugar en seis carros, un disidente en cada auto, hicieron varias paradas y los redujeron a 5. A Guillermo Fariñas Hernández, por orden de un teniente coronel de la Seguridad del Estado, lo esposaron con las manos atrás y dos policías se le sentaron cada uno en un muslo. Le estaban dando golpes y lo escupían, ninguno tenía puesto la chapilla. En Santa Isabel de las Lajas se le entumeció el lado izquierdo y le comenzó a dar dolor en el pecho y pararon para que una doctora que iba en la comitiva le tomara la presión y le pusieron una nitroglicerina debajo de la lengua. La doctora dio orden de que se bajaran de encima de él, pero el teniente coronel llegó y les dijo: “No se bajan nada, síganlo “apeñuncando” a ver si se muere. A Fariñas lo condujeron hacia la Seguridad del Estado y el resto fueron dejados cerca de sus casas. Por otro lado, dieron un Acto de Repudio en casa de Belinda Salas Tápares sobre la 1 de la tarde y subieron a su casa 26 efectivos de la Seguridad del Estado con orden de registro y orden de detención para: Carlos Michael Morales Rodríguez, Fidel Rodríguez García, Freddie Joel Martín Fraga, José Alberto Ocaña Salcines, Ernesto Medero Arrozarena y a Belinda Salas Tápanes. Javier Sol Díaz junto con Lázaro Joaquín Alonso Román, están desaparecidos ya que desde las 7 de la mañana llamaron por teléfono a Belinda que iban para su casa y no llegaron. Hubo también detenciones alrededor de la casa de Martha Crespo, en calle 15, entre 10 y 12 en el Vedado. De allí un grupo de disidentes salió a las 4 am de la mañana: Carlos Cordero, Amado Ruiz Moreno, Blas Fortún Martínez y Ramón y Andrés de Colón, Matanzas, (se desconocen sus apellidos) Donaida Pérez Paseiro, Alicia Martínez Guevara, Alejandro Gabriel Martínez Martínez, Julio Columbié Batista y Jorge Prieto Rodríguez. De algunos de ellos se desconoce su paradero.

[3] La última de esas encuestas fue realizada clandestinamente en abril de 2008, abarcó un universo de 587 personas, y la pagó el Instituto Republicano Internacional.

[4] Una buena descripción de esa actitud aparece recogida en la siguiente crónica del corresponsal del diario español El País en La Habana: Mauricio Vicent, “Oficio para listos”. El País, Madrid, 1 de julio 2008. En Pinar del Río circulan alrededor de 450 camiones y furgonetas privadas que consumen diesel. Pero en esta provincia cubana, con una población de 730.000 habitantes, sólo se venden 60 euros diarios de este combustible en la red de gasolineras del Estado. El dato lo divulgó el 16 de junio el semanario Trabajadores junto a esta tierna coletilla: “los especialistas razonan que detrás de esa gran incoherencia puede haber delito”.

Un mes antes, el diario Granma ofreció una detallada información sobre la crisis de la fábrica de conservas La Conchita. Fundada en 1937, en sus buenos tiempos La Conchita llegó a procesar 28 toneladas de tomate y 18 de guayaba por campaña, pero de pronto los cubanos se enteraron de que la isla importaba coco de Sri Lanka, guayaba de Brasil y tomate de China. ¿La causa? La incapacidad de las empresas agrícolas estatales de suministrar a la industria del enlatado frutas y verduras que en muchas ocasiones se pudren en los campos. En La Habana existen 12.000 contenedores de basura. Pero hacen falta 18.000. El problema es serio, pues cada año 1.000 de estos depósitos “quedan inutilizados”, decía Granma el 14 de abril. Una de las razones principales es que la gente roba las ruedas de los contenedores para hacer carretillas –en las ferreterías estatales no se comercializan ni carretillas ni este tipo de ruedas, y cuando se venden es a precios muy elevados -. El diario informó de que en los últimos meses han sido decomisadas “un grupo de estas carretillas” y que “a sus dueños les fueron impuestas severas multas”.

¿Qué ha hecho Fidel por Cuba?. Un debate entre Carlos Alberto Montaner e Ignacio Ramonet

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Casi cincuenta años después de que una pequeña nación isleña emprendiera uno de los experimentos sociales más radicales de la historia, ha llegado el momento de medir los resultados. ¿La salida de Castro ofrece a los cubanos la ansiada oportunidad de obtener libertad y prosperidad, o sólo señala el fin de una era en la que Cuba ha conocido un éxito sin precedentes? Uno de los más acerbos críticos de Castro discute la cuestión con uno de sus principales defensores.

El comunismo ha defraudado a Cuba
Carlos Alberto Montaner

Tras casi cincuenta años de sufrimiento bajo el régimen de Fidel Castro, los cubanos pueden prepararse ya de forma realista para la vida después del comandante. En el momento de escribir esto, el octogenario Castro está muy enfermo, tal vez completamente incapacitado. Cuando muera, ¿sobrevivirá el régimen comunista que creó en 1959? ¿O se convertirá el país en una democracia pluralista, con un sistema económico de mercado y la existencia de propiedad privada, como ocurrió con casi todas las dictaduras del Este de Europa tras la caída de la Unión Soviética?
Yo preveo esto último. En América, a principios del siglo XXI , una dictadura en la que no se respetan los derechos humanos, que cuenta con más de trescientos presos políticos -entre ellos, 48 jóvenes por recoger firmas para un referéndum, 23 periodistas por escribir artículos contra el régimen y 18 bibliotecarios por prestar libros prohibidos- no puede sostenerse. La muerte de Fidel Castro será el punto de partida de una serie de cambios políticos y económicos parecidos a los que se produjeron en Europa. Los motivos son éstos:
En primer lugar, el liderazgo de Castro no es intransferible. Es un hombre fuerte que ha ejercido personalmente el poder durante casi medio siglo. Aunque su ideología es el comunismo, pertenece a la misma especie antropológica que Francisco Franco en España o Rafael Trujillo en República Dominicana. Y ese tipo de autoridad, basado en una combinación de miedo y respeto, no puede traspasarse. Es verdad que ha escogido a su hermano Raúl como sucesor. Pero Raúl tiene 75 años, por lo que su edad también es una desventaja, como lo son su alcoholismo y su falta de carisma. Lo más probable es que se limite a desempeñar un papel de transición entre la dictadura comunista y la llegada de la democracia.
Segundo, el pueblo cubano sabe que el sistema creado por Castro ha fracasado. Se enfrenta cada día a la realidad de que el comunismo ha agravado todos los problemas materiales fundamentales de Cuba hasta el punto de la desesperación. Las carencias en alimentación, vivienda, agua potable, transporte, electricidad, comunicaciones y ropa no pueden compensarse con unos sistemas de educación y de salud muy amplios, pero muy deficientes. Paradójicamente, incluso los propios logros del régimen le incriminan. El hecho de que la isla cuente con una población de un nivel educativo razonable alimenta el deseo de cambio de la sociedad y su insatisfacción con un sistema empeñado en que la inmensa mayoría de los cubanos tenga una vida miserable. Nadie está más ansioso por abandonar el colectivismo igualitario que las legiones de ingenieros, médicos, técnicos y profesores obligados a vivir sin la menor esperanza de mejorar. Esos cubanos educados y frustrados son quienes tratarán de presionar para que se produzcan reformas, dentro de las instituciones comunistas o incluso fuera de ellas.
En tercer lugar, llegará un momento en el que Cuba tendrá que enfrentarse a la historia. El país no puede seguir siendo una dictadura comunista, colectivista y anacrónica en un mundo en el que el marxismo ha quedado totalmente desacreditado. Cuba pertenece a la civilización occidental. Forma parte de Latinoamérica, y no tiene sentido que su Gobierno siga manteniendo al país aislado de su entorno, sus raíces y su evolución natural. Al fin y al cabo, las dictaduras de América Latina, tanto las de izquierdas (Velasco Alvarado en Perú) como las de derechas (Augusto Pinochet y los regímenes militares de Argentina, Brasil y Uruguay), han sido sustituidas por gobiernos legitimados en las urnas.
Por último, los reformistas saben que el cambio no sólo es posible, sino deseable. Los dirigentes cubanos, sobre todo los que son más jóvenes que la generación de Fidel y su hermano Raúl, se dan cuenta de que no son héroes de una novela romántica, sino promotores de un sistema absurdo del que todo el que puede se escapa. Y al mismo tiempo saben, porque lo han visto en Europa del Este, que hay vida después del comunismo. Tienen todos los incentivos morales y materiales para contribuir al cambio. Yo predigo un cambio pacífico basado en un acuerdo entre los reformistas del régimen y los demócratas de la oposición, dentro y fuera de la isla.

El futuro de Cuba está aquí
Ignacio Ramonet

Quienes afirman que, después de Fidel, Cuba seguirá los pasos de Europa del Este, se niegan obstinadamente a ver lo que tienen ante sus ojos. El presidente Fidel Castro no está ejerciendo su cargo desde el pasado mes de julio; es decir, hace ya más de seis meses que existe el después de Fidel . Y, sin embargo, no ha ocurrido nada. El régimen no ha caído ni han estallado las tan anunciadas protestas públicas. El sistema ha demostrado que puede funcionar con normalidad en estas condiciones, y las instituciones legales están aguantando el impacto de la retirada de Castro. La situación actual, surgida por el empeoramiento gradual de su salud, ha servido de ensayo general para el día en el que ya no esté vivo. Y, por ahora, el ensayo está saliendo bien y confirma que los comentaristas como usted, que comparan Cuba con Hungría, se equivocan.
A diferencia de Hungría, las grandes reformas cubanas no son producto de ideas ajenas impulsadas por tropas extranjeras llegadas en vehículos blindados soviéticos. Nacieron de un movimiento popular en el que se unieron las esperanzas de campesinos, obreros e incluso profesionales de la pequeña burguesía urbana. Es, además, un movimiento que aprovechó el deseo de auténtica independencia nacional (frustrada por la intervención de Estados Unidos en 1898) y el deseo de poner fin a una discriminación racial humillante. Y sigue contando con el apoyo de la mayoría de sus ciudadanos. La muerte de Castro no va a desmantelar un movimiento que ha tardado cientos de años en construirse. Repudiar esta característica nacional es ignorar varias dimensiones esenciales del régimen. Y es no comprender por qué, 15 años después de la desaparición de la Unión Soviética, el sistema cubano sigue en pie.
Desde luego, en los años posteriores a Castro, La Habana sufrirá la influencia de los acontecimientos exteriores. El coloso del Norte se encargará de ello. No hay más que ver la sugerencia del Gobierno de Bush de nombrar a alguien que dirija “la transición en Cuba”, como si el país fuera un protectorado colonial. La idea ha escandalizado incluso a algunos miembros de la oposición. Es evidente que Estados Unidos está decidido a mantener una relación equivocada con la isla. Sigue fomentando un embargo que, aparte de hacer sufrir a los cubanos, sólo ha servido que para dar más legitimidad ante los ojos del mundo al régimen que pretende derrotar. La posición de Washington es tan irracional que la propia Administración Bush reconoce que el embargo no se interrumpirá hasta que Fidel y Raúl dejen el poder. Es decir, es un embargo que, más que con un régimen político concreto, tiene que ver con dos personajes determinados. Da una idea del grado de neurosis que dicta la política de Estados Unidos respecto a Cuba.

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Diez razones a favor de los viajes a Cuba

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Por Ariel Hidalgo

Hasta 1978 fue el gobierno cubano el más renuente a permitir el regreso de los exiliados. Lo aceptó finalmente como un desafío, jactándose de la firmeza del llamado ”hombre nuevo”, y las consecuencias fueron traumáticas. Un peligroso ”virus” propagaban los labios de los visitantes para penetrar los oídos del pueblo y provocar síntomas alarmantes, pues tornaba a una población hasta entonces tranquila y conformista en inquieta y rebelde. Para detener aquel proceso inventaron una crisis diplomática que debía desembocar en un éxodo masivo. Pero las consecuencias fueron más allá de sus pronósticos. Los vecinos intentaban escapar por cualquier medio. Comenzó con más de diez mil, creció a más de cien mil y finalmente llegaron a contabilizarse aproximadamente dos millones de intenciones de posibles emigrantes. Y para detener aquella gran estampida, lanzaron a las calles turbas armadas de cabillas para golpear bajo soeces insultos, secuestrarlos durante horas de hostigamiento, allanar violentamente o sitiar sus viviendas, cortarles el agua y la corriente eléctrica por varios días sin importar que en su interior hubiese ancianos y niños. Todo con la mayor impunidad. Quienes vivieron aquellos terribles episodios saben que estoy diciendo la pura verdad.

Aquellos actos monstruosos golpearon las conciencias de muchos partidarios de aquel régimen. Algunos huyeron. No faltó quien se suicidara. Pero entre los que se quedaron se gestó una corriente de protesta pacífica imposible de atajar: el movimiento cívico y de derechos humanos.

Todo aquello fue, en gran medida, consecuencia de la política de distensión de una administración norteamericana paradójicamente repudiada por ese sector cubanoamericano que ahora promueve, apoya y aplaude una medida más de coerción a esos viajes con argumentos tan ridículos que ni siquiera merecen comentarios. Por el contrario, existen suficientes razones para considerar contraproducentes y absurdas las restricciones de viajes a Cuba, pero bastarían sólo diez:

• El derecho al libre movimiento de los ciudadanos y en particular el de regresar a su propio país está garantizado por el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobado por Naciones Unidas y por la Constitución de los Estados Unidos.

• Siendo la familia la célula de cualquier sociedad, sólo la reunificación familiar podrá mantener la unidad de la población cubana frente a los efectos divisivos del régimen totalitario.

• La razón humanitaria de los viajes sería por sí sola suficiente: el apoyo espiritual y material a familiares que sufren situaciones de precariedad muchas veces extremas.

• Las restricciones a los viajes terminan casi siempre afectando económicamente a los residentes del estado que los promulga, ya sea por verse obligados a viajar por terceros países con más gastos y mayores ganancias para el gobierno cubano por tener que utilizar Cubana de Aviación en vez de aviones charter, o incluso poner en peligro la existencia de agencias de viaje con aumentos del desempleo.

• El que va a Cuba transmite con su palabra e incluso con su acto de presencia un mensaje que estimula el ansia de libertad y prosperidad y una conciencia de derecho, algo igualmente válido para las visitas a la inversa, las de cubanos residentes en Cuba a familiares del exterior.

• Tanto los gastos como los obsequios del viajero entre la población, ya sea en paladares, taxis privados, comprando artesanías o simplemente ayudando monetariamente a familiares, contribuyen a romper el lazo de estrecha dependencia entre la ciudadanía y el estado, y como se sabe la independencia económica es condición indispensable para la independencia política.

• Todos los exiliados deseosos de influir en un cambio favorable para Cuba deben tener la mayor información sobre esa realidad interna para luego poder tomar las decisiones más acertadas, y esto se obtiene principalmente siendo testigos de primera mano y hablando directamente con gente del pueblo. Ese contacto es un acto milagroso que transfigura las perspectivas de quienes viajan por primera vez, como salidos de las aguas del Jordán en tiempos evangélicos.

• Una línea de acción mancomunada en pro del cambio entre los activistas de dentro y de fuera requiere la mayor comunicación posible y para ello se precisa fomentar la más amplia libertad de movimiento.

• Asumir el papel de represores del libre movimiento no es el mejor mensaje de solidaridad y libertad hacia la población del archipiélago, ni la mejor imagen a proyectar ante el mundo, y por tanto es preciso dejar ese impopular papel al gobierno cubano, que se verá atrapado en la disyuntiva de tener que permitir libremente los viajes o descaracterizarse como el verdadero represor por naturaleza.

• Las restricciones, impuestas durante muchos años, no han tenido resultado positivo alguno para el logro de una apertura democrática en Cuba. En cambio, fue evidente el inmediato efecto desestabilizador para el sistema totalitario de la liberalización de los viajes durante el período de la administración Carter.

Los políticos que continúan restringiendo viajes y remesas no se percatan de que los tiempos están cambiando y que con esas medidas ellos mismos están demoliendo sus torres de marfil. Un nuevo liderato, con visión de futuro, se levantará sobre sus escombros.

Reportaje: Libres en el Exilio

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Un programa de Telemadrid (7 Días) hizo un interesante reportaje sobre 2 de los 4 presos políticos cubanos recién liberados por “gestiones” de España

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Raúl provoca apatía intelectual

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Por: Laura De Pablo

José Martí decía en uno de sus más conocidos poemas que sólo tenía dos patrias: Cuba y la noche.
Sus versos reflejaban la realidad de una isla que vivía presa en sí misma y que para muchos exiliados supuso el momento para la reflexión e incluso para la huída.

Pero, ¿qué han significado 50 años de Fidel Castro en el poder?

Para el escritor cubano, Eliseo Alberto, autor de El retablo del Conde Eros, su último libro y de la polémica obra Informe sobre mí mismo, “50 años en el poder quieren decir que cuando los Beatles aún no eran los Beatles, Fidel llevaba ya cuatro años, que cuando se clausuró el Concilio Ecuménico, algo que parece medieval, ya llevaba 11, incluso que cuando el próximo año se cumplan 30 años de la caída del muro de Berlín, Fidel habrá llevado en el poder 50 años”.

Un poder que muchos creyeron se desvanecía cuando hace apenas un mes el líder revolucionario anunciaba su retirada, dejando a su hermano Raúl al mando, quien anunció cambios, como el permiso de entrada de los cubanos a los hoteles de la isla, la compra de celulares y electrodomésticos y hasta la descentralización de tierras para que los campesinos las trabajen.

“Siempre me preguntan si habrá cambio. Por supuesto que habrá cambio. Si tú has vivido 50 años con tu abuelo, en casa de tu abuelo, lo quieres mucho. Pero un día se muere y lo lloras. Pero al tercer día quitas el Sagrado Corazón que está colgado en la sala y pones un cuadro que te gusta a ti… Pues así es Cuba”, comparó Eliseo Alberto de Diego

Para Rafael Rojas, también escritor cubano exiliado y autor del reciente libro Motivos de Anteo, patria y nación en la historia intelectual de Cuba, “primero vendrán medidas para revocar las prohibiciones absurdas, como las de dejarles entrar en los hoteles, comprar celulares, etcétera, pero los cambios estructurales son los que hay que esperar, y puede que veamos incluso algún ajuste de las dos monedas, el peso cubano convertible (CUC) y el peso cubano en sí; además de ajustes en los precios y salarios”, dijo.

Sin embargo, Lichy Alberto aún es pesimista. “Yo soy pesimista y me equivoco siempre, me gusta equivocarme.

Yo creo que Raúl va a cambiar la cama, va a ocupar el cuarto del abuelo, pero no podemos olvidar que Raúl Castro es más fidelista que el propio Fidel Castro.

Manuel Pereira es otro de los intelectuales cubanos que se exilió de Cuba, y hoy ejerce como profesor en la Universidad Iberoamericana, sin dejar de lado una de sus grandes vocaciones, la literatura. Entre sus obras más importantes: Mataperros e Insoloación.

“Fidel aún no se ha muerto y Raúl ha dicho que (él) le va a consultar todas las cosas importantes, y en Cuba la pasta de dientes es importante, porque resulta un problema estratégico.”

Los cubanos que están fuera de la isla son escépticos a estos cambios. Eduardo Matías, presidente de la Asociación Cívica Cubano-Mexicana y la conocida Casa del Balsero, asegura que todo es una farsa.

“Es una farsa electoral donde el rey le cede el trono al príncipe y le deja en herencia una isla con 11 millones de súbditos”, destacó.

Aníbal Pendas, creador del sitio www.cubalsero.org.mx, destacó que estas medidas son una forma de seguir teniendo controlados a los cubanos. “Si uno va a un hotel, rentas la noche en pesos convertibles.

“Lo que va a hacer el gobierno es como hizo años atrás con el llamado Plan Maceta, investigar de dónde saca la gente el poder adquisitivo cuando que no se gana para eso.”

Rafael Rojas recordó su estancia en la isla. “El momento que me tocó vivir en Cuba es muy singular: coincidió con la caída del muro de Berlín, la transición a la democracia y la desintegración de la URSS.

“En ese momento nos creamos expectativas similares a lo que estaba ocurriendo en Europa del Este esperando que eso pasara en Cuba, pero los cambios no llegaron. De hecho, lo que hicieron fue blindarlo más”, explica el escritor.

De ese modo Rafa Rojas tomó la decisión de dejar la isla cuando tuvo en sus manos una beca para hacer el doctorado en el Colegio de México. Cuando terminó, ya no regresó.

Historias que los unen
“A mí me gusta decir que yo no me fui, sino que me fui quedando en Europa porque observé que no había cambios.

“Al contrario, Fidel cerraba más y más y empecé a ver (que) la prostitución crecía como nunca antes en la época de Batista”, recordó Manuel Pereira.

Pocas son las expectativas que generan estos cambios entre la intelectualidad cubana que reside en nuestro país.
“Cuba es una isla pobre, llena de negros y con un calor del carajo. Todo eso es como decir que Cuba no importa. Si Cuba fuera Irán, y tuviera poderío petrolero, se fijarían más en ella, pero Cuba no le importa a nadie, y lo sé por experiencia, porque cada día me importa menos a mí, señaló Lichy Alberto
Pereira resumió lo que en definitiva siente al hablar de Cuba. “Como decía José Martí: sin Patria, pero sin amo. Yo me quedé sin patria, pero no tengo amo”.

El Partido Comunista se arroga el liderazgo para transformar Cuba ?dentro del socialismo ?

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El nuevo ‘número dos’ del régimen castrista alienta la autocrítica, pero sin olvidar ?los deberes revolucionarios ? del socialismo

El primer vicepresidente cubano, José Ramón Machado Ventura, confirmó lo que muchos medios adelantaron tras el arranque el día 24 de la nueva etapa de la revolución cubana sin Fidel Castro oficialmente al frente: el afianzamiento del Partido Comunista de Cuba (PCC) -el único permitido- como líder de los cambios siempre ?dentro del socialismo ?.

Según el nuevo ‘número dos’ de la jerarquía isleña y miembro del Buró Político del PCC, los comunistas cubanos deberán enfrentarse a los problemas con trabajo y valentía. ?El partido tiene que estar a la vanguardia, dar pasos firmes, y detectar y reconocer las dificultades para entonces solucionarlas ?, expresó durante una reunión de la formación.

Machado se refirió a los dos discursos pronunciados por el presidente, Raúl Castro, sobre la necesidad de ?cambios estructurales ?, de ?trabajo duro ? y en los que se refirió a la necesidad de acabar con algunas ?prohibiciones ? que habían creado igual número de ?ilegalidades ?, que tanto hicieron especular a nacionales y extranjeros.

Pero aclaró la postura del Gobierno castrista: ?Todos los cambios que tenemos que hacer se harán dentro del socialismo. Y es precisamente el partido, los trabajadores y el pueblo en general quienes tienen que ir al frente de la batalla ?.

En su intervención ante militantes comunistas reunidos en una asamblea ordinaria, Machado destacó que el partido ha ampliado su papel y sus militantes son más autocríticos que años atrás, pero aseguró que falta mucho por hacer para mejorar su formación ?en cuanto a los deberes con la revolución ?. A su juicio, el trabajo de la formación no puede medirse por la cantidad de sus miembros sino por la ?calidad de su quehacer ?.

Más exigencias

El diario ‘Granma’ indicó ayer que los militantes discutieron sobre las indisciplinas, -como se conoce en la isla a los daños a los bienes estatales, que va desde tirar una piedra contra un coche como llegar tarde al trabajo, o tirar la basura fuera del contenedor-, los delitos de corrupción, la asistencia a reuniones y la necesidad de reclamar mayor exigencia a los cuadros, mandos de diversos niveles del PCC.

Durante el intercambio de posturas se comentó también las respuestas a las quejas planteadas tras la petición del presidente de expresar abiertamente los problemas de la población y la necesidad de dar solución local a muchos de ellos. Entre los cubanos persisten esperanzas de mejorar algunas condiciones de vida, como la compraventa de coches, o la supresión del permiso de salida para viajar.

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Según el nuevo ‘número dos’ de la jerarquía isleña y miembro del Buró Político del PCC, los comunistas cubanos deberán enfrentarse a los problemas con trabajo y valentía. ?El partido tiene que estar a la vanguardia, dar pasos firmes, y detectar y reconocer las dificultades para entonces solucionarlas ?, expresó durante una reunión de la formación.

Machado se refirió a los dos discursos pronunciados por el presidente, Raúl Castro, sobre la necesidad de ?cambios estructurales ?, de ?trabajo duro ? y en los que se refirió a la necesidad de acabar con algunas ?prohibiciones ? que habían creado igual número de ?ilegalidades ?, que tanto hicieron especular a nacionales y extranjeros.

Pero aclaró la postura del Gobierno castrista: ?Todos los cambios que tenemos que hacer se harán dentro del socialismo. Y es precisamente el partido, los trabajadores y el pueblo en general quienes tienen que ir al frente de la batalla ?.

En su intervención ante militantes comunistas reunidos en una asamblea ordinaria, Machado destacó que el partido ha ampliado su papel y sus militantes son más autocríticos que años atrás, pero aseguró que falta mucho por hacer para mejorar su formación ?en cuanto a los deberes con la revolución ?. A su juicio, el trabajo de la formación no puede medirse por la cantidad de sus miembros sino por la ?calidad de su quehacer ?.

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Durante el intercambio de posturas se comentó también las respuestas a las quejas planteadas tras la petición del presidente de expresar abiertamente los problemas de la población y la necesidad de dar solución local a muchos de ellos. Entre los cubanos persisten esperanzas de mejorar algunas condiciones de vida, como la compraventa de coches, o la supresión del permiso de salida para viajar.


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